Sin embargo, como todo lo bueno dura poco, en el instante en que Luciana se dio la vuelta con una brillante sonrisa, se topó con su dichosa cuñada, que se acercaba con una mirada capaz de matarla. Y hasta ahí le llegó su fugaz momento de alegría, porque de inmediato esa chispa de felicidad se desvaneció por completo.
Nunca entendió por qué esa chica era tan odiosa con ella. Al principio, cuando la conoció, parecía una joven dulce y tierna, pero con el tiempo mostró su verdadero rostro. Claro está, solo con ella, porque frente a los demás miembros de la familia se comportaba como un ángel: dulce, cariñosa y comprensiva. Tanto así, que todos en esa casa terminaban creyendo que la malvada era ella.
Siempre intentaba hacer entender que no era ella la mala persona, que todas las cosas desagradables que ocurrían en esa mansión desde su llegada no tenían que ver con ella, sino con Olivia. Pero nadie le creía. Una y otra vez era Olivia quien la involucraba en todo, pero al no tener pruebas que demostraran su inocencia, quedaba como la culpable.
Esa era la verdadera razón por la cual no había logrado encajar en la familia de su esposo. Ya que cada vez que mencionaba el nombre de Olivia, Maximiliano la miraba con una expresión fría, cargada de desprecio. Sus cuñados actuaban igual, y ni hablar de su suegra, quien era la que más abiertamente le demostraba su odio.
Luciana todavía guardaba la esperanza de que, tarde o temprano, aquella familia se daría cuenta de quién era realmente Olivia. Pero su cuñada, que no tenía por qué seguir fingiendo cuando estaban a solas, se le acercó y le dijo con frialdad:
—Ya sé qué estás pensando en decirle a mi hermano que se vayan de la mansión.
Guardó silencio por unos segundos, esperando ver la reacción de Luciana, y luego continuó, con una sonrisa burlona:
—Déjame hacerte una pregunta primero: ¿de verdad crees que Max va a querer mudarse solo porque tú se lo pidas?
Luciana la miró y le respondió:
—Claro que sí. Soy su esposa y lo único que quiero es que tengamos nuestro propio espacio.
Sin embargo, mientras decía esas palabras, la pregunta que le había hecho Olivia comenzó a calar en su mente. Por primera vez, dudó. ¿Y si en realidad su idea era descabellada?
Solo porque en los últimos días había notado que Max le mostraba un poco de cariño, creía que él estaría de acuerdo con ella y dejaría a su familia a un lado.
Luciana, sumida en sus pensamientos, fue interrumpida por la risa macabra de Olivia quien le decía con tono venenoso:
—Vamos a hacer una apuesta. Si Max se encontrara en una situación en la que nos estuviéramos ahogando las dos... ¿a quién crees que salvaría?
Hizo una pausa cargada de burla, y sin esperar respuesta, continuó:
—Yo digo que, sin pensarlo, me salvaría a mí y ni siquiera te miraría. Solo espero que, con eso, finalmente entiendas a quién de las dos Max prefiere tener en su vida, enseguida, desvió la vista hacia al mar.
Luciana no quería responder a esa pregunta, pues no quería aceptar aquella verdad. Pero su corazón, al escuchar la respuesta de Olivia, se encogió con un leve dolor de pérdida, y de inmediato llevó su mano al pecho, acariciándolo suavemente.

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