Narrado por Brienna Clarks
North Ridge parecía un punto perdido entre picos blancos y árboles cubiertos por capas gruesas de nieve. No había nada alrededor salvo viento y silencio.
Apenas bajé las escalerillas, el frío me golpeó con una fuerza que me hizo sentir que estaba entrando en otro mundo. Un coche oscuro esperaba con las luces encendidas, el motor funcionando y las ventanas empañadas. El chofer me saludó con un gesto rápido y me abrió la puerta trasera. Apenas subí, arrancó sin decir nada.
Apoyé la cabeza en el vidrio mientras el coche avanzaba por la carretera angosta. La nieve caía sin detenerse, pesada, constante, movida por un viento que parecía querer arrancarlo todo. Yo trataba de mantener la calma, aunque dentro de mí las cosas se movían de una manera que no tenía control.
En la radio hablaban de la tormenta más grande del invierno, esa que venía formándose días atrás y que, según el locutor, podía desatarse en cualquier momento de la madrugada. Cuando escuché esas palabras, mi cuerpo reaccionó como si alguien hubiera encendido una alarma. Llevaba pocas pastillas, estaba al borde de diciembre, y lo último que necesitaba era quedar atrapada allí sin posibilidad de regresar a tiempo.
Me quedé mirando el paisaje, aunque no había mucho que ver. Todo era blanco. Montañas blancas, caminos blancos, árboles blancos. El mundo entero parecía cubierto por la misma manta interminable. Era imposible saber dónde estábamos o cuánto faltaba.
El chofer permanecía concentrado en la carretera, ajustando la calefacción de tanto en tanto mientras la radio seguía insistiendo en que los vuelos podrían cancelarse si el clima empeoraba. Sentí un nudo en la garganta. Comencé a rogar mentalmente que el viento cediera, que la tormenta no cayera tan pronto, que pudiera volver antes de que mi cuerpo tomara el mando de una forma que no podía permitir.
El viaje se alargó más de lo que imaginé. Las horas parecían mezclarse con el sonido del motor y la oscuridad que iba tragándose el cielo.
¿Qué tan lejos quedaba esto de la civilización?
Cuando por fin las ruedas tocaron un tramo de camino más estable, supe que estábamos llegando. El chofer anunció que faltaban unos minutos y sentí cómo el corazón me golpeó el pecho con fuerza. No sabía qué esperaba encontrar. Solo sabía que él me había pedido estar allí y que algo urgente debía estar ocurriendo.
La propiedad apareció entre los árboles como una sombra enorme y elegante, iluminada por luces cálidas que contrastaban con la noche helada. El coche se detuvo frente a la entrada y dos personas salieron enseguida, abrigadas de pies a cabeza. Me recibieron con amabilidad, tomaron mi maleta y me hicieron entrar.
El interior estaba caliente y acogedor, un alivio después de tantas horas entre nieve y viento.
Me guiaron hasta un salón amplio, con muebles bien distribuidos y una chimenea encendida. Se sentía el calor agradable del lugar.
Me ofrecieron té, café, chocolate, agua; acepté un té solo para tener algo entre las manos. Luego me entregaron un portafolio oscuro.
—El señor Cavendish pidió que recibiera esto al llegar y que se pusiera de una vez con ella, que tiene prioridad—comentó una de las mujeres.
—¿Él no está aquí?
—No, señorita Clarks. Salió hace unas horas. Regresará esta noche —respondió ella con amabilidad.
Urgente.
Me llama desde miles de kilómetros.
Me obliga a tomar un avión privado en una hora.
Y él no está.
Tragué saliva. No servía de nada enojarme, pero la sensación estaba ahí, firme, ardiendo como si algo dentro de mí se hubiera torcido sin permiso. Me quedé sola en el salón, con el portafolio en las manos. Me senté en el sofá y lo abrí con cuidado, aunque sentía que ya sabía lo que iba a encontrar. Algo en mí se preparaba desde hacía días para enfrentar la realidad que tanto había evitado.
Cuando vi los documentos, la vista se me nubló. Tuve que parpadear varias veces para poder leer. La palabra “compromiso” aparecía escrita en la primera página. Luego los nombres. Su nombre. Y el de ella.
Isaelle Moonridge.
La heredera menor de una de las familias alfa más influyentes. Competente, respetada, hermosa según todo lo que había visto en revistas. Perfecta para un acuerdo empresarial de alto nivel. Perfecta para él.
Me llevé una mano al rostro sin poder evitarlo. Sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas y odié esa reacción inmediata, esa fragilidad que no sabía si venía del corazón o del cuerpo que ya empezaba a desobedecerme.

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