Narrado por Brienna Clarks
Desperté sobresaltada, jadeando, con el cuerpo empapado como si hubiera corrido kilómetros bajo la nieve.
La respiración me salía entrecortada y mis muslos temblaban con una intensidad que no tenía sentido.
Me tomó unos segundos entender lo que estaba pasando, y cuando lo hice, quise hundir el rostro en la almohada y desaparecer.
Había soñado con él.
Con Lucan.
Con su cuerpo sobre el mío, su boca en mi cuello, sus manos sujetándome la cadera mientras yo me arqueaba buscando un alivio que nunca llegaba. Había sido tan vívido que aún sentía el calor en la piel, el temblor bajo el abdomen, ese punto exacto donde mi cuerpo pedía algo que no podía permitirse.
Me quedé quieta, intentando recuperar el aliento, pero la habitación estaba llena de su olor. No solo era el aroma tenue que él llevaba siempre; era una mezcla más profunda, más marcada, que había quedado atrapada en la madera, en las telas, en cada espacio. El territorio de un alfa siempre tenía su presencia, pero yo nunca había dormido en un sitio que perteneciera por completo a uno. Y menos a él.
Ese olor se me metía en la sangre. Me hacía temblar. Me apretaba el pecho.
Me toqué la frente. Estaba húmeda. La piel ardía. Entre las piernas, el calor era tan claro que tuve que cerrar los muslos para intentar contener la sensación. Maldije por lo bajo.
Miré el reloj en la mesa de noche y se me escapó un suspiro lleno de frustración.
Era tarde. Muy tarde.
—No… no, no —murmuré mientras me incorporaba con torpeza.
Mi vuelo era a las diez. Él lo había dejado claro. Se suponía que yo debía estar lista antes de que amaneciera por completo, y ahora apenas podía sostenerme sin sentir que el cuerpo iba a traicionarme otra vez.
Me levanté como pude, mareada, con el pulso enredado en el ritmo inquieto del inicio del celo. Caminé hacia la maleta para buscar ropa limpia. Me movía rápido, aunque mis manos temblaban cada vez que intentaba abrochar algo. Me puse unas medias gruesas, unas botas, varias capas de abrigo. Nada ayudaba a controlar el calor interno, pero al menos me permitiría salir al exterior sin congelarme.
Cuando estuve lista, tomé mi bolso y la maleta pequeña, respiré hondo y abrí la puerta de la habitación. El pasillo estaba en silencio. Demasiado silencio para una casa tan grande.
Bajé las escaleras mirando hacia los lados, esperando ver a alguien del personal. Nadie.
Llegué al vestíbulo y lo primero que hice fue asomarme a la puerta principal. Quizá el chofer estaría listo para llevarme a la terminal. Quizá ya tendría el motor encendido por la tormenta.
Abrí la puerta y un golpe de viento me arrancó el aliento. La nieve caía con fuerza, movida por un viento que casi me hizo retroceder. Tragando saliva, di unos pasos afuera y miré hacia donde debía estar el coche.
Nada.
Ni rastro del vehículo, ni huellas recientes, ni luces encendidas.
—¿Dónde están? —dije en voz baja.
Pensé que quizá estaban al otro lado de la casa. Así que dejé mis cosas dentro, volví a cerrar la puerta y rodeé la estructura apresuradamente. Cada paso en la nieve era una batalla, el viento golpeaba mis piernas y el frío me calaba los huesos, pero seguí avanzando hasta llegar al área del garaje.
Vacío.
Las puertas cerradas.
Ni un sonido.
Me froté los brazos con desesperación y regresé hacia la entrada principal casi corriendo. La nieve se acumulaba rápido sobre mi ropa. Cuando entré, tuve que apoyarme en la pared un segundo para poder respirar.
¿Dónde estaba todo el mundo?
Me moví por la cocina, la sala, los pasillos laterales. Busqué en el comedor, en el cuarto de servicio, en los pasillos privados.
—¿Hola? ¿Hay alguien aquí? —mi voz rebotó en la madera, y ese silencio firme me crispó los nervios.
Intenté no entrar en pánico, pero mi cuerpo estaba demasiado despierto, demasiado sensible. La presión en el abdomen subía y bajaba, como si mis hormonas decidieran empujarme sin dar explicaciones.
Tomé mi teléfono. Tenía que llamar a Lucan y preguntar por el chofer, saber si había ocurrido algo con la tormenta.


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