Otilia fue la primera en notar que Bruno no se encontraba bien.
—Abuelo, ¿qué te pasa? —le preguntó, con una mezcla de tensión y preocupación.
Bruno jadeaba, intentando responder, pero la voz de Juliana se le adelantó:
—Hermana, no te enojes. Solo me preocupaba que, por tu culpa, el abuelo no se enterara de lo de Julio. Por eso te advertí amablemente que no te equivocaras con el mesero. Si te he ofendido, te pido disculpas. Lo siento…
Tenía los ojos enrojecidos, como si la hubieran obligado a disculparse por algo que no había hecho.
Tobías la abrazó de inmediato para consolarla.
—Juli, no es tu culpa. No tienes por qué disculparte con ella.
—¿De… de verdad? —preguntó Juliana, alzando la vista hacia él con una expresión de admiración y dependencia.
Tobías asintió con firmeza.
Juli era demasiado buena, por eso Otilia se aprovechaba de ella una y otra vez. También era culpa suya por haber sido demasiado permisivo con Otilia en el pasado, malcriándola hasta convertirla en lo que era ahora.
Juliana bajó la cabeza con timidez, sin poder ocultar la satisfacción en su mirada.
Cuando volvió a levantarla, su expresión era de nuevo la de una víctima inocente.
—Hermana, de verdad que te equivocas con este mesero. No es un impostor. Acabo de ver a dos policías hablando con él, y después salió corriendo a dar la noticia. Si no me crees, puedes salir a comprobarlo. Los policías deben de estar esperando fuera.
La familia Aguilar había reservado todo el hotel para la fiesta. Si la policía necesitaba entrar, primero debían notificar a los anfitriones.
El rostro de Otilia cambió. Antes de que pudiera decir nada, Bruno, a quien sostenía, reunió una fuerza inesperada, se soltó y se dirigió hacia la entrada.
En la puerta del hotel, efectivamente, había dos policías.
El cuerpo de Bruno se tambaleó, pero se obligó a seguir caminando hacia ellos.
—Ustedes… ¿están aquí por Julio…?
Justo cuando la puerta se cerraba, su mirada se cruzó con la de Juliana, que estaba acurrucada en los brazos de Tobías.
Una sonrisa se dibujaba en sus labios…
Un escalofrío recorrió a Otilia, y una mezcla de ira y un frío glacial le subió por la espalda hasta el corazón.
¡Juliana!
¿Qué había hecho? ¿Qué papel había jugado en todo esto?
Aunque mil preguntas la asaltaban, en ese momento solo podía pensar en una cosa: que su abuelo estuviera a salvo.
Con este giro de los acontecimientos, la gran fiesta llegó a su fin de forma abrupta.
Dada la posición de la familia Aguilar en Vientario, ninguno de los invitados se atrevió a decir nada, pero todos estaban pendientes de lo que sucedía en el hospital. Bruno poseía una parte importante de las acciones del Grupo Aguilar. Si algo le sucedía, la empresa se enfrentaría a una gran crisis, lo que a su vez afectaría a toda la ciudad de Vientario.

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