Se topó de frente con Melisa, que lucía una minifaldera ajustada muy provocativa, su largo cabello cayendo en ondas por su espalda, y un top de encaje negro con un escote profundo que resaltaba sus atributos. Con solo una mirada, era suficiente para alterar los nervios de cualquiera.
Bianca se quedó paralizada.
¿Así venía Melisa a visitar a Damián a la oficina?
Recordaba claramente que, cuando entró a trabajar allí, Damián había implementado una regla inquebrantable: todo el personal del Grupo Figueroa, y cualquier visitante que cruzara las puertas, debía vestir de manera formal y apropiada.
En aquel entonces, Bianca pensó que alguien capaz de fijarse en un detalle que otras empresas ignoraban, debía ser un hombre sumamente analítico y brillante, con un control absoluto sobre el comportamiento humano.
Pero viendo la situación actual...
—¿Vienes a entregar la comida? —Melisa notó la presencia de Bianca.
Con una sonrisa condescendiente, habló como si fuera la dueña del lugar:
—Escuché a los empleados de Villa Serena decir que tienes muy buena mano para la cocina. Da la casualidad de que hoy no he desayunado, así que luego la probaré con Damián. Si sabe bien, la próxima vez podrías preparar un poco más para que yo coma con él.
Dicho esto, extendió la mano hacia Bianca, indicándole que le entregara la canasta para llevarla ella misma.
Bianca sintió por un instante que se había convertido en su empleada, o peor aún, en la amante. Y que Melisa era la generosa esposa oficial, tolerando la existencia de la tercera en discordia.
Ignorándola por completo, Bianca la esquivó y caminó directamente hacia la oficina de presidencia.
El rostro de Melisa se ensombreció, claramente irritada.
Detestaba que Bianca no respetara los límites y siempre estuviera fastidiando.
O si no, venía a pedirle favores a Damián, pegándose a ellos como un chicle en el zapato.
La noche anterior a su cumpleaños, Bianca incluso había ido al restaurante panorámico solo para arruinarle el momento.
Melisa ni siquiera se había molestado en hacerle un escándalo por eso, y resulta que hoy volvía descaradamente con la excusa de la comida.
No importaba cuánto la humillaran o la echaran, su descaro era tal que daba vergüenza ajena.
Sin decir una palabra, Melisa se arregló la ropa y la siguió para evitar que Bianca hiciera algo indebido.

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