—Te traje dim sum, crema de trufa negra, pescado al horno, huevos escalfados con salmón ahumado y agua mineral fresca. Dime qué se te antoja. Mamá irá a buscar a Damián para que coman juntos.
Perla miró a Bianca con una tranquilidad pasmosa, fingiendo que todo el resentimiento previo se había evaporado.
Bianca, sin embargo, era una persona pragmática. No tenía por costumbre dejarse engañar por sonrisas falsas, así que respondió con frialdad:
—Señora Figueroa, no se moleste. No estoy acostumbrada a los desayunos de la alta sociedad.
El título de Señora Figueroa hizo que el rostro de Perla palideciera, sintiendo un nudo en el estómago.
Incluso Don Severiano, que acababa de entrar apoyado en su bastón, frunció el ceño con disgusto.
—¡Tu madre se levantó de madrugada para prepararte todo esto! Además, ¿qué es eso de Señora Figueroa? ¡Deberías llamarla mamá!
Bianca dirigió su mirada hacia el anciano.
Don Severiano entró en la habitación con la ayuda de sus asistentes, aparentemente sin intenciones hostiles.
Tras un breve silencio, Bianca contestó:
—Agradezco su preocupación, señor, y también la suya, señora Figueroa.
El rostro de Perla se tensó.
La expresión de Don Severiano se oscureció. Golpeó el suelo con su bastón.
—¡Bianca! ¿Cómo me llamabas antes? ¿Qué es eso de señor? ¡Somos una familia, no unos desconocidos! Nada de señor ni de señora. ¡Piensa bien cómo vas a dirigirnos la palabra!
Bianca jamás olvidaría que, durante la fiesta de cumpleaños del anciano, Perla había obligado a Melisa Serrano a llamarla mamá. Y mucho antes de eso, cuando ella misma la llamó mamá, Perla la humilló e incluso la abofeteó.
Le había gritado que no era digna de llamarla así.
En cuanto a Don Severiano...
Él había declarado frente a todos sus invitados que Melisa sería su futura nieta política, animándola a llamarlo abuelo...

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