El corazón de Bianca dio un vuelco y, por inercia, llevó sus manos al vientre para protegerlo.
Ya había perdido a un bebé, y ahora su padre y su hermano habían arriesgado sus propias vidas para proteger al que aún llevaba dentro. Bajo ninguna circunstancia podía permitir que la familia Figueroa descubriera su existencia.
—Hace un buen rato —se adelantó a responder Perla, visiblemente molesta, señalando los platillos que había preparado—. Mira a Bianca. Me levanté temprano, traté de adivinar sus gustos y me esforcé preparando esta comida, pero se niega a probarla. Qué bueno que llegas, acompáñala a comer algo. Necesita recuperar fuerzas.
Era la misma cantaleta de siempre, quejándose como una víctima.
Bianca miró a Perla, quien, pareciendo recordar su maltrato pasado y sintiéndose acorralada, intentó justificarse:
—Si tú comes con ella, seguro que se anima a probar un bocado. El desayuno es fundamental.
Damián echó un vistazo a la comida sobre la mesa y sentenció:
—No puede comer todavía. Le harán unos exámenes médicos en un momento.
Bianca frunció el ceño y lo miró fijamente:
—¿Exámenes?
Él asintió:
—Sí. Ordené un chequeo general para ti.
Le extendió una hoja con la lista de pruebas. Entre ellas estaba incluida una ecografía pélvica. Con solo pasar el transductor sobre su vientre, descubrirían de inmediato que uno de los bebés seguía vivo.
También había tomografías de cuerpo completo.
¡Con el alto nivel de radiación que implicaban, no había forma de que se sometiera a esos exámenes estando embarazada!
Perla se acercó a leer la orden médica y asintió con fingida preocupación.
—Oh, son pruebas preventivas muy completas. Bianca, querida, ve con Damián a hacértelas. Mamá se encargará de mantener la comida caliente para cuando regresen.
Don Severiano también revisó la lista, la aprobó y la instó a ir sin demora.
Bianca no sabía si aquella preocupación era real o una farsa, pero de lo que estaba segura era de que no se haría esos exámenes.
Salió de la habitación siguiendo a Damián. Una vez que se aseguraron de que no había nadie más cerca, ella le dijo:
—Ya te he causado suficientes molestias. No es necesario que me hagan estos exámenes. Yo me encargaré de decirles que me los hice.
Damián se detuvo y se giró lentamente hacia ella:

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