El llamado de Doña Estela era urgente.
Al llegar al restaurante, Bianca se topó de frente con Julián Valente en la entrada.
La sorpresa inicial de Julián se transformó en una sonrisa cínica. Se acercó y la agarró bruscamente por la muñeca.
—¡Pero qué coincidencia!
Bianca frunció el ceño, tratando de soltarse.
—¿Qué te pasa? ¡Suéltame!
Julián soltó una carcajada burlona.
¡En una ocasión como esta, nada sería más espectacular que tener a una ramera como Bianca presente para que Doña Estela la destruyera con sus propias manos!
—Vienes conmigo.
Sin importarle lo que ella pensara, la arrastró hacia las escaleras que llevaban al segundo piso.
Bianca no se atrevió a forcejear demasiado, temiendo lastimar al bebé.
Mientras la jalaba, escuchó a Julián escupir con desprecio:
—Detesto a las amantes desde el fondo de mi alma. Cuando mi madre estaba embarazada, sobraban las resbalosas que intentaban meterse en la cama de mi padre. Él, dedicado a la ciencia, las ignoraba. Pero hubo una, más descarada que las demás, que atropelló a mi madre a propósito. El golpe provocó que naciera prematuro, y ella se desangró en el quirófano. ¡Si hay algo que odio en esta vida, son las basuras sin dignidad que se meten en matrimonios ajenos!
Bianca se quedó petrificada.
De inmediato pensó en sus propios bebés. Eran gemelos, y por culpa de aquel accidente provocado por Melisa Serrano, uno de ellos había muerto.
Pero, ¿por qué Julián le contaba todo esto? ¿Qué tenía que ver ella con su historia?
—Hoy la señora Figueroa me invitó a una reunión —continuó él con frialdad—. Dime, cuando descubra que tú, sabiendo que el señor Figueroa está con Melisa, te atreviste a seducirlo a él y a Vicente Ávila, ¿cómo crees que te va a destrozar? Tengo entendido que aborrece a las amantes. Especialmente si intentas robarle el novio a su futura nieta, una mujer tan extraordinaria como Melisa. ¿No tienes vergüenza?
Las frías palabras de Julián le revelaron de golpe por qué insistía en llevarla con él.
Por primera vez, Bianca pensó que el legado del profesor Hugo Valente estaba perdido.
Si tuviera la energía, le aconsejaría que intentara tener otro hijo, porque este había salido defectuoso.
—Suéltame. Puedo caminar sola.

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