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Suplícame perdón: La identidad secreta de mi exesposa romance Capítulo 23

Su voz desafiante, casi un grito desgarrador, hizo que todos los empleados de Villa Serena la miraran sin dar crédito a lo que veían.

Ella siempre había sido sumisa, cuidadosa con cada paso que daba. Era la primera vez que mostraba semejante osadía.

Pero incluso ante su desesperación, el rostro del hombre se volvió aún más implacable, y sus palabras se clavaron como puñales en su pecho:

—Si es basura, debe estar en el lugar que le corresponde.

Por un instante, la vista de Bianca se nubló y su mente quedó en blanco.

Levantó la mano y, sin poder controlarse, su palma se estrelló contra el rostro del hombre.

En ese instante, el silencio sepultó la casa entera.

Ella no vio la mirada de indignación de Melisa. Tampoco se detuvo a pensar en la furia que debía estar consumiendo a Damián.

Lo único que hizo fue darse la vuelta, dispuesta a salir corriendo a buscarla sin importar nada más.

¡Tenía que ir a los contenedores de basura!

Aunque hubieran pasado días... aunque la basura de la mansión se recogiera cada tres horas...

¡Eran las cenizas de sus hijos y tenía que encontrarlas!

Pero apenas dio media vuelta, la puerta principal comenzó a cerrarse.

Antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, escuchó la voz implacable del hombre a sus espaldas:

—A partir de ahora, y hasta que nazca ese niño, tiene prohibido dar un solo paso fuera de esta casa.

Bianca se quedó rígida en su lugar. Pasó un largo rato antes de que lograra girar la cabeza para mirarlo.

¿Hasta que naciera el niño?

Una risa amarga e incontrolable brotó de sus labios.

¡¿Qué niño?!

¡Sus hijos habían muerto atropellados por culpa de su amada Melisa!

¡Y sus cenizas habían sido desechadas como simple basura por órdenes suyas!

Encerrarla ahí era la prueba definitiva de que para él no era más que un objeto.

—¡Déjame salir! —gritó Bianca, con los labios temblando mientras se aferraba al marco de la puerta, luchando contra la empleada—. ¡Si me odias, está bien! ¡Si no me soportas, divorciémonos, Damián! Pero nunca me has dado el más mínimo respeto. Si hubiera sido Melisa, o incluso una extraña de la calle quien dejara algo olvidado aquí, ¿lo habrías tirado a la basura sin siquiera preguntar?

Su voz era un lamento desgarrador, cargado de dolor y desesperación.

El hombre detuvo sus pasos, la miró de reojo y sus ojos no reflejaron más que un profundo desprecio.

—Guárdate tus teatros baratos. No tengo tiempo ni ganas de ver tus berrinches de mal gusto.

Tras decir eso, ordenó a sus empleados:

Capítulo 23 1

Capítulo 23 2

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