Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe. Antes de que Bárbara pudiera reaccionar, un grupo de oficiales de policía entró a la habitación y la rodeó.
—¿Usted es Bárbara Figueroa? —preguntó uno de los agentes.
Bianca vio cómo Bárbara fruncía el ceño, mostrando esa típica actitud arrogante de niña rica intocable, y les gritó:
—¡¿Y ustedes qué hacen aquí?!
El oficial mantuvo un semblante severo y repitió con voz de mando:
—¡Le pregunté si usted es Bárbara Figueroa!
Bárbara apretó los labios, furiosa.
—Sí, es ella —intervino Bianca—. Ella es Bárbara Figueroa. Allanó mi propiedad, destruyó mis pertenencias y, en el ámbito laboral, intentó culparme por un desfalco, causando daños que ascienden a más de un millón.
—¡¿De qué demonios hablas?! —Bárbara miró a Bianca, incrédula. Aún no procesaba lo que estaba ocurriendo.
El oficial, tras escuchar la confirmación de Bianca, sacó las esposas y sujetó a Bárbara sin contemplaciones.
—Recibimos la denuncia de la señorita Núñez ayer. Ella presentó pruebas contundentes de que usted destruyó sus bienes personales y provocó pérdidas millonarias a su empresa, intentando además incriminarla. Nos acompañará a la delegación.
Bárbara miró a Bianca como si estuviera viendo a un fantasma.
¡¿Cómo se atrevía?!
¡¿De dónde había sacado el valor?!
Bianca siempre había sido una mujer sumisa, dispuesta a agradarle. Cuando Bárbara cometía errores graves en el trabajo, simplemente se los pasaba a Bianca, y ella siempre se encargaba de arreglar el desastre sin rechistar.
Y ahora, no solo se negaba a agachar la cabeza, ¡sino que la estaba denunciando!
¡Era el colmo!
—¡Eres una maldita perra! —gritó Bárbara, forcejeando—. ¡¿Te crees intocable solo porque llevas en la panza el hijo de mi hermano?! ¡Te juro que esa porquería que llevas adentro va a terminar...!
¡Plaf!
El sonido de una bofetada resonó en la habitación. Bianca le cruzó la cara a Bárbara con una fuerza que le dejó los dedos marcados en su impecable maquillaje.
Podía soportar los insultos y humillaciones hacia ella, ¡pero nadie se metía con su familia ni con sus hijos!
Bárbara se quedó muda, mirándola con los ojos desorbitados. No podía creer que esa mosca muerta le hubiera pegado.


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