—Si hoy intentas sabotear la oportunidad de Melisa para convertirse en la alumna del Profesor Salazar como lo hiciste la última vez, Damián no te lo perdonará. ¡Y yo tampoco!
Romeo Paredes, parado justo detrás de Bianca, remató su amenaza.
—Incluso si estás embarazada, si te doy una lección, Damián no dirá ni una sola palabra en tu defensa.
Cuando Bianca levantó la vista de nuevo, la mirada de Damián ya se había posado en otra parte.
Su corazón permaneció inmutable, finalmente comprendiendo la situación.
Damián no la estaba mirando a ella; estaba vigilando si Romeo se había acercado.
Todo era por Melisa. Tenía miedo de que Bianca hiciera algo que pudiera perjudicar a su amada.
Cuanto más claro veía Bianca cómo amaba Damián a otra mujer, más despertaba a su cruda realidad: para él, ella no significaba absolutamente nada.
Pero, ¿así que hoy Melisa planeaba convertirse en la estudiante de su maestro?
Bianca giró el rostro para mirarlo con una expresión de total indiferencia.
Romeo la miró con asco y desdén.
—Melisa es sobresaliente, es capaz, tiene un doctorado de la universidad más prestigiosa del extranjero. Es un genio científico que cualquier país mataría por reclutar. Es la élite de la élite. En poco tiempo, será un pilar fundamental para la nación y su nombre quedará en los libros de historia.
Luego la miró de arriba abajo con repulsión.
—¿Y tú qué eres? Una simple asistente en el Grupo Figueroa. Si te vas de la empresa, ¿quién demonios te va a contratar? ¿Con qué cara intentas compararte con ella? ¡Tu única ventaja en este momento es ese pedazo de carne que llevas en el estómago! Te daré un consejo: es bueno tener un poco de dignidad y conocer tu lugar.
Bianca miró a Romeo, su rostro tan calmado como el agua.
—Yo también te daré un consejo. Eres un arrastrado, un perrito faldero que da pena ajena. Haces de todo por ella, pero al final te quedarás sin nada. Si Melisa fuera tan inteligente como dices, hace mucho se habría dado cuenta de que babeas por ella. Lástima que tu diosa prefiere ser 'la otra' antes que regalarle una sola mirada a un perrito faldero como tú. Como eres un cobarde e incapaz de hacer algo al respecto, vienes a desquitar tu frustración conmigo.
Desde el principio hasta el final, Bianca no mostró ni una pizca de alteración. Con una frialdad absoluta, destrozó por completo las defensas de Romeo.
—¡Tienes suerte de que estemos aquí y no pueda golpearte! —gruñó Romeo.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Suplícame perdón: La identidad secreta de mi exesposa