La expresión amable de Damián desapareció al instante, reemplazada por un témpano de hielo. Bianca sintió cómo sus ojos se llenaban de lágrimas sin poder evitarlo.
Tomó aire profundamente antes de hablar.-
—Necesito hablar contigo sobre el bebé.
Los ojos fríos y calculadores del hombre la evaluaron sin una pizca de humanidad. Parecía haber anticipado exactamente lo que ella diría y, sin importarle la presencia del abuelo, respondió con frialdad:
—Si insistes en hacer un escándalo, recuerda que tu hermano sigue en prisión y tu padre está grave. No cruces la línea.
Dicho esto, le hizo una seña al personal.
El mayordomo se acercó e hizo un gesto invitándola a retirarse. El abuelo no intervino.
Ella apretó los labios, se levantó con dignidad y caminó hacia la puerta. Justo antes de cruzar el umbral, escuchó al abuelo suspirar a sus espaldas:
—Te entiendo, muchacho. Esa joven Melisa es realmente deslumbrante. Escuché que con solo 26 años ya se graduó con honores de la Universidad de San Francisco. Y no solo eso, acaba de integrarse a un proyecto gubernamental importantísimo. Es normal que te enamores de una chica tan brillante y hermosa.
Damián no cambió su expresión, manteniéndose en silencio.
Pero Don Severiano sabía leer entrelíneas. Él también había sido joven.
Para él, Bianca simplemente no daba la talla.
No era tan bonita como Melisa, ni tenía su estatus social, sus contactos, su nivel educativo o su talento.
Él no era un viejo terco y ciego como Perla.
Después de meditarlo un momento, agregó:
—En cuanto dé a luz, págale una buena suma y que se vaya. Es lo mejor. La chica de los Serrano tiene mucho futuro y le gusta cuidarse; un embarazo solo arruinaría su figura y estancaría su carrera. Al fin y al cabo, es una joven talento que aporta al país.
—Cuando nazca el hijo de Bianca, haremos que Melisa lo registre como suyo y lo críe. Así el niño no tendrá que avergonzarse de tener una madre tan... ordinaria. Sé que a tu abuela le gusta Bianca, pero ya encontraré la forma de convencerla.
Damián mantenía la mirada baja. Era imposible descifrar qué pasaba por su cabeza, pero en ningún momento contradijo al anciano. Actuaba como si el asunto no tuviera nada que ver con él.
Pero Bianca, paralizada detrás de la puerta, escuchó cada palabra con absoluta claridad.
Siempre supo que, a excepción de la abuela, nadie en esa casa la soportaba.
Sabía que su matrimonio tenía fecha de caducidad.
Lo que nunca imaginó era que, incluso antes de nacer, ya planeaban arrebatarle a su hijo para dárselo a otra mujer.
La salud y la carrera de Melisa eran intocables, pero ¿ella no importaba?
Y Damián...
Con razón insistía tanto en que no habría divorcio hasta que naciera el bebé.
Todo era un plan maestro para facilitarle la vida a su amante.
Con un nudo asfixiante en la garganta, Bianca dejó el té que el mayordomo le había ofrecido en el suelo, se dio la vuelta y se marchó.
Cuando Damián salió de la habitación y vio la taza en el piso, se quedó en silencio un segundo, desvió la mirada y no preguntó nada.
Había caído la noche. Después del accidente, el legrado, la hemorragia y el desgaste de fingir frente al abuelo, Bianca estaba exhausta hasta los huesos.
Pensaba que regresarían juntos esa misma noche para por fin confesarle lo del aborto, firmar el divorcio al día siguiente y luego presentar su renuncia en la empresa.
Pero cuando llegó el momento de volver a Villa Serena, él no apareció por ningún lado.
Fue el chofer quien tuvo que llevarla. Entonces recordó la llamada con Melisa.


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