—¡No entres! ¡Vete!
—No te muevas —ordenó Damián, acercándose sin detenerse a mirarla de más.
Al inclinarse para levantarla, bajó las manos, le acomodó la ropa con un movimiento fluido y la tomó en brazos.
Bianca abrió la boca por instinto para reclamarle, pero la voz del intercomunicador la interrumpió:
—¿Señor Figueroa?
Damián dejó escapar un suspiro pesado.
—Llamen también a los de traumatología. Acaba de resbalar y cayó sobre sus manos. Diagnóstico preliminar: muñeca dislocada o fracturada.
Cuando el médico entró, Vicente Ávila venía con él y vio justo el momento en que Damián recostaba a Bianca en la cama.
Vicente corrió hacia ella, angustiado.
—¿No te puedes poner de pie? Dime dónde te duele.
Bianca frunció el ceño al verlo.
—Yo...
—Primero revisen —interrumpió Damián con frialdad.
Vicente giró la cabeza justo a tiempo para ver cómo Damián salía de la habitación.
Apenas iba a decir algo cuando el doctor habló:
—Está dislocada, es una lesión menor. ¿Siente alguna otra molestia?
Bianca negó con la cabeza.
—No, nada más.
—Tienes que ser sincera con el doctor —insistió Vicente, acercándose para acariciarle el brazo—. No te guardes nada por miedo a preocuparme, dime la verdad. Ya estoy al tanto de todo.
Al ver la sincera preocupación en los ojos de Vicente, Bianca suspiró.
—De verdad estoy bien. Ayer Tiago me empujó al agua, me dio una bofetada y me jaló el cabello. Pero seguí tu consejo: no me quedé de brazos cruzados. Le devolví la bofetada y lo arrastré al agua conmigo. Luego él salió, quiso obligarme a firmar la renuncia y amenazó con hundirme en la piscina. Nadé hacia un lado para esquivarlo, y después...
Después de eso, llegó Damián.
El rostro de Vicente se contrajo en una mueca extraña.
—¿De verdad? ¿No te golpeó más? ¿No te torturó?

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