A Don Severiano seguía sin agradarle Bianca, pero lo hecho, hecho estaba. Y como su esposa la adoraba tanto... qué remedio.
En toda familia siempre hay algún joven que no es el favorito de los mayores.
Ni modo.
Por eso, apoyó la idea de su mujer.
—Sí, búscale a alguien decente. Ese Vicente Ávila me parece un excelente candidato. Organiza una cena para que venga a la casa un día de estos.
A Doña Perla también le encantaba la idea de tener a Vicente como yerno de la familia. Era capaz, audaz, sensato y venía de buena cuna. Miró fijamente a Damián esperando su reacción.
Al escuchar aquello, Damián apenas esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos y miró a Bianca.
—¿Tú qué opinas?
Antes de que Bianca pudiera articular palabra, la abuela se adelantó.
—Mi niña, no importa si quieres o no, solo échale un vistazo. Tienes de sobra para elegir, y nosotros te respaldamos en todo. ¡Deja que tu querido hermano se preocupe un poco por ti y nos demuestre cuánto te estima!
El sarcasmo en sus palabras era tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
—Lo que diga la abuela —respondió Bianca sin oponer resistencia.
Prefería seguirles la corriente a los mayores.
Después de todo, era una de las cláusulas del acuerdo de adopción: complacer y tranquilizar a Doña Perla salvo causas de fuerza mayor.
Al verla aceptar con tanta facilidad, la anciana sintió una punzada de tristeza.
Eso significaba que a Bianca ya no le quedaba ni una pizca de apego hacia Damián, ni hacia ese matrimonio.
Llegar a este extremo era simplemente lamentable.
—¿Lo escuchaste? Ve buscando opciones. Y más tarde, dile a Vicente que se pase por la casa. Quiero interrogarlo yo misma —sentenció la abuela, lanzándole una mirada fulminante a su nieto.
Damián bajó la mirada, sirvió más comida en el plato de Bianca y mantuvo su rostro como una máscara de hielo.
—De acuerdo —respondió, y luego, de la nada, añadió—: Vicente es una muy buena opción.
Bianca lo miró de reojo.
Damián simplemente le acercó un plato de sopa a la temperatura perfecta y no volvió a abrir la boca.
El resto del desayuno transcurrió en un silencio sepulcral.
Al momento de irse, Don Severiano detuvo a Bianca con un gesto de la mano.


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