Cuando Melisa leyó el mensaje, Ximena Serrano estaba a su lado.
Al ver la pantalla, la mujer soltó una carcajada burlona.
—Esa arrastrada estúpida, ¿a qué está jugando? ¿Cree que armando este circo hará que Damián cambie de opinión? Ay, por favor, se nota que ya no sabe qué inventar. ¡Esto es pan comido! Llévale los papeles a Damián, seguro te los firma sin dudar para que ella se largue de una vez por todas.
El rostro de Melisa, sin embargo, estaba tenso.
—No es tan simple. Esa tipa es una víbora manipuladora. Me dio la opción más fácil entre todas las trampas posibles solo para obligarme a morder el anzuelo y hacerle el trabajo sucio. Estoy segura de que me está tendiendo una emboscada. Además, leí el documento: ella acepta irse sin un centavo. Eso es imposible, aquí hay gato encerrado.
—Si no le sigues el juego, lo más seguro es que nos demande o exija acciones de nuestra empresa para convertirse en socia mayoritaria. ¡Y esa cualquiera no se lo merece! —Ximena frunció el ceño, dándose cuenta de que, efectivamente, la situación apestaba—.
—¿Qué mujer en su sano juicio renuncia a todo en un divorcio? Es demasiado idiota para ser verdad.
—¿Por qué no hablas con Damián y le preguntas qué opina?
—Todo este desastre empezó por nuestra culpa. Si meto a Damián y la anciana de los Figueroa se entera, nos van a odiar aún más. Si Bianca me da la espalda y me acusa de obligarla a renunciar a su dinero, el escándalo va a ser tan grande que nadie podrá salvar su reputación —respondió Melisa, sintiendo que la ansiedad se le acumulaba en el pecho.
Tras darle mil vueltas, llegó a una conclusión: tenía que confrontar a Bianca en privado.
Lo ideal sería grabarla confesando que era ella quien exigía el divorcio a toda costa; así tendría pruebas de que Bianca la estaba chantajeando.
—Tienes razón —asintió Ximena—. ¡Llámala y cítala! Así evitarás que luego te invente calumnias. Y si se hace la difícil, ¡pídeles ayuda a Lorenzo y a Xavier! Con todo el caos que se armó, seguro ya te llamaron para ver cómo estás, ¿no?
Melisa negó con la cabeza.
Desde la noche anterior, el único que se había dignado a contactarla era Romeo.
—Aunque... —murmuró, intentando convencerse a sí misma—.

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