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Suplícame perdón: La identidad secreta de mi exesposa romance Capítulo 605

Bianca miró a Vicente con asombro.

Él, por su parte, levantó la vista igual de desconcertado. *¿Qué demonios tengo que ver yo en esto?*

—¿De verdad tengo la suerte de aspirar a ser el cuñado del señor Figueroa? —preguntó Vicente con ironía, clavando una mirada fría en Damián.

Damián lo evaluó de arriba abajo con una sonrisa silenciosa.

Doña Estela, sin apartar la mirada de ellos, tomó la mano de Bianca y la palmeó con suavidad.

—Damián es ahora el hermano de Bianca, así que es natural que nos ayude a evaluarlos y nos dé su opinión. Primero tienen que pasar por nuestro filtro antes de siquiera presentarse ante Bianca, ¿verdad?

La intención detrás de sus palabras era clara: hacer que Damián se comprometiera. Ya que él había arruinado el primer matrimonio de Bianca, ahora tenía que asumir la responsabilidad de asegurar su futura felicidad.

Con un tono impregnado de una sutil sonrisa y una mirada llena de aparente respeto hacia su abuela, Damián respondió:

—Por supuesto. Además, la empresa de tecnología que dirige el señor Ávila está teniendo un crecimiento impresionante. Aparte de ser brillante en los negocios, es el discípulo estrella del profesor Salazar. Es una lástima que yo no sea mujer, de lo contrario también pensaría que el señor Ávila es un excelente partido.

Sus palabras provocaron la risa general en la sala.

Incluso Doña Estela, que momentos antes estaba molesta con él, no pudo evitar reírse.

Bianca observó toda la escena en silencio.

Damián tenía el control absoluto. Cuando estaba de humor y dispuesto a dejar de lado su arrogancia, encantar a la gente era un juego de niños para él.

Justo como en ese momento: hasta un hombre tan estricto como su maestro estaba sonriendo gracias a sus comentarios.

Vicente, respetando el buen humor de su profesor —y considerando lo raro que era verlo sonreír—, le siguió la corriente a Damián.

—Si llegara ese día, aunque el señor Figueroa me apruebe, yo no estaría tan seguro de aprobarlo a él.

El profesor Salazar negó con la cabeza, riendo por lo bajo, y Doña Estela también soltó una carcajada.

Lejos de molestarse, Damián mantuvo una sonrisa relajada en sus ojos y se dirigió al anciano erudito.

—Profesor, las exigencias de su alumno son demasiado altas.

Luego, volteando hacia Doña Estela y su madre, añadió:

—Ya ven, como no soy mujer, de poco sirve que yo apruebe al señor Ávila. Esta vez le han preguntado a la persona equivocada.

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