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¿Traicionada? Mi Nuevo Esposo es un Príncipe romance Capítulo 3

—Ese niño, Leandro, apenas se parece un poco al señor heredero, pero a simple vista se nota que tiene un carácter retorcido. Doña Beatriz no debió elegirlo. Con un niño así en la casa, a usted le sobrarán los dolores de cabeza, Señora... Por cierto, ¿cómo sabía que Leandro tenía un callo en la mano derecha por escribir?

¡Por supuesto que lo sabía!-

Leandro se había criado en el campo. Aunque tuvo un tutor que le enseñó a leer y a usar la pluma, sus bases eran completamente deficientes.

Cuando llegara el momento de los exámenes para ingresar a los altos cargos del reino, ¿cómo iba a presentar calificaciones decentes?

En la vida pasada, ella temía que el muchacho no lograra hacerse un lugar en la corte ni un nombre entre la nobleza.

Desde el mismo día que entró al palacete, ella se sentó a su lado día tras día, vigilándolo de cerca, corrigiéndole personalmente la forma de escribir. Ya ni hablemos del callo en su dedo medio derecho; ella conocía al dedillo la forma exacta en la que sostenía la pluma y cómo trazaba cada letra.

Pensándolo bien, aquella estricta disciplina debía ser otra de las tantas razones por las que él la odiaba.

Lo verdaderamente ridículo era que el muchacho nunca mencionó quién había pasado las noches en vela a su lado, acompañándolo durante diez años de duro estudio para asegurar su futuro y sus títulos.

Lucía bajó la mirada y respondió con indiferencia: —No lo sabía, solo fue una pequeña trampa para ponerlos a prueba.

—Ah, ya veo... ¡Usted siempre es tan brillante, Señora!

Paola sonrió, orgullosa de su ama.

Lucía se sentó frente al espejo de bronce finamente pulido y se observó.

En su vida pasada, su enfermedad había avanzado tanto que la había dejado escuálida y marchita. Todo rastro de belleza se había esfumado, hasta el punto de que casi había olvidado su propio rostro.

La mujer que veía ahora en el espejo, comparada con la sombra moribunda de su vida anterior, era como el día y la noche. Tenía una piel radiante, una tez luminosa y suave.

Paola se acercó y comentó con alegría: —La belleza de mi Señora era famosa en toda la alta sociedad antes de casarse, y en estos siete años en el palacete no se ha marchitado ni un poco. No se preocupe, en cuanto el heredero regrese a casa, en menos de medio año seguro que...

Lucía no pudo evitar soltar una risita suave. —¿Seguro que qué?

Aún recordaba vívidamente la noche de bodas. La primera frase que le dirigió Rafael de Sotomayor fue: «Te desposé por obligación, no por amor». A eso le siguieron siete años de absoluto abandono.

Fue esa frialdad lo que terminó por congelarle el corazón, arrebatándole cualquier esperanza de vivir un matrimonio lleno de afecto y de criar a sus propios hijos.

Si las cosas hubiesen sido distintas, en su vida anterior nunca habría aceptado adoptar al hijo de otro siendo tan joven.

Paola, al no saber qué decir, tomó un peine de marfil y guardó silencio.

—Quítame las joyas y arregla mi cabello, quiero descansar un rato.

El tono de Lucía era sumamente relajado.

Capítulo 3 1

Capítulo 3 2

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