——
Tras despertar de un largo descanso...
Selena primero fue al estudio para responder un par de preguntas que le había dejado el equipo de producción, le dio algunas instrucciones a Aitana y luego se dirigió rápidamente al hospital.
Antes de entrar a la habitación.
Escuchó a dos hombres discutiendo en el pasillo.
—¡Vaya! ¿Hoy no estás en tu consultorio limpiándole los oídos a la gente?
—¿Acaso no pudiste conseguir trabajo como cirujano y ahora te pican las manos por abrir a cualquiera que se te cruce?
—Leo, ¿verdad? Hazle caso a tu tío Damián, no tengas miedo. Lo del implante coclear es un procedimiento menor. Una cirugía tan simple que hasta yo podría hacerla con los ojos cerrados. Pero claro, como el que te va a operar es este doctor Salazar, más vale que mantengas un ojo abierto.
—Damián, de verdad que de un burro no se puede esperar más que una patada. ¡Nunca vas a decir nada inteligente!
—Si de un burro esperaras una patada genial, ¿no sería un caballo de carreras?
—Basta, basta. Nuestro pequeño departamento no es digno de tan magna presencia. ¡Lárgate de aquí!
—¿Crees que vine a verte a ti? Vine por Leo. Leo, escucha, aunque el conocimiento médico del doctor Salazar no llega ni a la milésima parte del mío, es más que suficiente para poner un implante, así que no te asustes.
—Damián, tienes la cara tan dura que ni con tres puñaladas del bisturí te sacaría sangre.
—Tsk, tsk... Ahí se nota que tu técnica deja mucho que desear y ni siquiera lo admites. Si tu bisturí no puede ni rasparme la cara, ¿cómo tienes el descaro de seguir en la medicina? Mejor empaca tus cosas y vete a criar cerdos. Oye, por cierto... ¿sí puedes distinguir entre una cerda y un cerdo, verdad?
—¡Maldito idiota!
—Cuidado con las palabras...
A Selena le dio un tic en el ojo al escuchar la conversación.
De repente.
Una voz ronca y llena de impaciencia interrumpió la disputa.
—Si quieren pelear, ¡lárguense afuera!
Era Emilio.
Como por arte de magia.
Ambos guardaron silencio.
Selena tocó la puerta. Al escuchar que la invitaban a pasar, entró.
—Señor Cárdenas, vine a ver a Leo.
Damián clavó sus ojos en Selena.
Se quedó pasmado un instante.
Luego, giró bruscamente la cabeza y lanzó una mirada cargada de malicia e insinuaciones hacia Emilio.
Leo la saludó dulcemente llamándola mamá.
Selena se acercó a la cama.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Traicionada y adorada: Ahora soy inalcanzable