—Ambos confesaron los cargos de secuestro e intento de violación, pero por lo que he observado, las cosas no son tan simples.
Selena pensó por un momento.
Entendió lo que Emilio quería decir.
Ella habló en voz suave: —Tienes razón. No paraban de decir que querían robarme, pero cuando les ofrecí dinero, de repente se preocuparon de que fuera a la policía. Pero si le tenían tanto miedo a la policía, ¿por qué intentar violarme? ¿Acaso pensaban que después de eso no los denunciaría? Sus acciones se contradicen con sus palabras. Al principio llamaron a Vidal, pero no pudieron comunicarse. Salieron por más de una hora, y cuando regresaron, de repente decidieron atacarme. La reacción de esos dos parecía la de alguien que tenía un plan perfecto, pero que al final se sintió frustrado porque todo se vino abajo.
Lo que Selena quería decir, era exactamente lo que Emilio estaba pensando.
Ya que ella misma se había dado cuenta, Emilio prefirió guardar silencio.
—Señor Cárdenas, tengo algunos asuntos que atender más tarde, así que no podré acompañar a Leo.
—De acuerdo.
—Siento las molestias.
—Mhm.
Había vuelto a ser el señor Cárdenas de pocas palabras.
Selena tomó aire y se despidió con la mano: —Me iré primero entonces.
——
Selena compró un ramo de claveles, un paquete de galletas artesanales sin azúcar y tomó un taxi hasta la residencia principal de la familia Paredes.
La abuela aún no había regresado.
Ella entró sola a la sala de estar.
La señora Zamora estaba apoyada en el pasillo, limpiando una taza de porcelana que ya brillaba con luz propia. —Vaya, ¿no es nuestra queridísima señora sordita? ¿Qué milagro la trae por aquí?
La señora Zamora era una empleada de toda la vida de la familia Paredes, y también la mano derecha de la señora Paredes.
Aprovechándose de su antigüedad, no dejaba de humillar y complicarle la vida a Selena.
Como la posición de Vidal en la familia Paredes era algo incómoda, Selena no quería causar problemas que pudieran afectarlo, así que siempre lo había tolerado.
Selena detuvo sus pasos.
Se giró para mirarla.
La señora Zamora no mostró ningún temor. —¿Qué pasa? ¿Se enojó la señora? ¿Acaso dije algo malo? Si está enojada, entre a tomar un poco de agua fresca, hay en la jarra, sírvase usted misma.
Selena preguntó con una leve sonrisa: —¿Acaso se te olvidó cuál es tu lugar? Has sido una empleada toda tu vida, ¿y ahora quieres creerte la patrona frente a mí?
La señora Zamora se sintió avergonzada y furiosa al instante, arrojando el trapo al suelo. —¿A quién llamas empleada?
Selena habló pausadamente, sílaba por sílaba, con una lentitud que sacaría de quicio a cualquiera: —Si me respetas un poco, te respetaré el doble. Pero si me faltas al respeto, te lo devolveré diez veces peor. Si no me tratas como la dueña de esta casa, naturalmente tendré que tratarte como a una simple sirvienta.
La señora Zamora la fulminó con la mirada, con los ojos enrojecidos. —Ni siquiera la señora Paredes me habla así, ¿quién te crees que eres? Selena, no eres más que una maldita...

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