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Selena se dio un baño rápido.
Se puso una pijama conservadora.
El cuello le cubría hasta la clavícula, asegurándose de estar completamente tapada antes de salir.
Vidal estaba sentado en la cama, apoyado contra la cabecera: —Selena, la abuela me acaba de decir que instalaron un proyector en nuestra habitación. Aún no lo hemos probado, me pidió que revisara si funciona. ¿Quieres ver una película?
Selena rodeó los pies de la cama.
Y tomó un edredón de seda extra.
Al ver esto, la sonrisa de Vidal se desvaneció un poco: —Voy a buscar una película de comedia, de las que te gustan.
Vidal empezó a buscar.
Selena levantó el edredón y se metió en la cama.
Percibió un sutil aroma en el aire.
Recorrió la habitación con la mirada.
Y vio un pequeño difusor de aromas en la mesa de la entrada.
Seguramente la abuela había pedido que lo encendieran.
Selena no le dio importancia.
Retiró la mirada y se fijó en la pantalla del proyector en la pared de enfrente.
Sus pensamientos volaron de repente a aquel pequeño pueblo del pasado.
La brisa de la tarde traía el aroma a trigo, y en la plaza del pueblo colgaban una sábana blanca, anunciando que esa noche habría cine.
Ver una película era un lujo y una inmensa felicidad para los niños del pueblo.
Los pequeños llevaban sus banquitos desde temprano, amontonándose en los mejores lugares y defendiéndolos con uñas y dientes.
Muchos niños se peleaban por un buen sitio.
Pero Selena nunca tuvo ese problema.
Porque ella tenía a Vidal y a Adrián, y siempre, uno a cada lado, le guardaban el mejor asiento en el centro.
En aquel entonces eran pequeños.
Y solo se tenían el uno al otro.
Una vez, cuando la película estaba por terminar, de repente empezó a llover. Tuvieron que recoger la sábana blanca de prisa, y Selena, frustrada por no ver el final, estuvo a punto de llorar.

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