Selena apretó los dientes con fuerza.
—Vaya que eres atrevida... Ocultarle algo tan grande a mis tíos. Si se llegan a enterar, seguro que se mueren del coraje.
Valeria respondió:
—Te cuento los detalles cuando nos veamos. Mi hijo tiene hambre, tengo que ir a prepararle el biberón.
Selena no tuvo más remedio que colgar.
Cuando levantó la vista de nuevo, se quedó confundida.
¿Hasta dónde había caminado sin darse cuenta?
Se dio la vuelta. Regresar por donde había venido era la opción más segura.
Pero apenas dio dos pasos.
Un hombre con una chamarra acolchada negra apareció de la nada, y se mantuvo caminando a una distancia prudente, siguiéndola de cerca.
El corazón de Selena dio un vuelco y apresuró el paso.
El hombre caminó aún más rápido. La alcanzó en un instante.
Y se paró justo frente a ella.
Selena apretó su teléfono, preparada para presionar discretamente el botón de emergencia.
—Por favor, apártese.
El hombre de mediana edad la miraba fijamente, con una sonrisa depravada.
Agarró los bordes de su abrigo con ambas manos y lo abrió bruscamente.
—¿Es grande o no?
El rostro de Selena se tensó.
El hombre, con esa asquerosa sonrisa en su rostro, le mostró su cuerpo completamente desnudo, provocándole unas inmensas ganas de vomitar.
Al ver que Selena no reaccionaba. Él repitió:
—¿Es grande o no?
Selena instintivamente intentó salir corriendo.
En ese preciso instante.
Un abrigo, aún cálido por el calor corporal de su dueño, cayó desde arriba cubriendo por completo la vista de Selena y aislándola de aquella repugnante escena.
Un familiar olor a cedro emanó del abrigo. Selena se sintió a salvo al instante.
Se quedó quieta, sin moverse.
Pero, a través del grueso abrigo, pudo escuchar claramente el sonido de los puños golpeando la carne, acompañado de quejidos, gritos de auxilio y súplicas de piedad.
No supo cuánto tiempo pasó.
Hasta que todos los ruidos cesaron.
Selena levantó lentamente el abrigo.
Emilio se acercó. Le quitó el abrigo; en su atractivo y varonil rostro aún quedaban rastros de la ferocidad con la que acababa de golpear al hombre.
—Ya pasó.
Selena sorbió por la nariz, sintiendo un nudo en la garganta.
—Me dio un susto de muerte, ¿cómo es que hay un pervertido por aquí?
Emilio tomó su abrigo.
—¿Estás bien?

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