Fabiana y Leo le preguntaban a Zulema a qué hora regresaría Selena.
Zulema miraba cómo el cielo en la distancia se oscurecía cada vez más, y su preocupación iba en aumento.
A las ocho de la noche.
Selena seguía sin aparecer.
Su teléfono mandaba directo al buzón.
Sin poder aguantar más, Zulema llamó desesperadamente a Emilio y le dijo con voz angustiada: —Señor Cárdenas, lamento muchísimo molestarlo a esta hora, pero ¿Selena se comunicó con usted hoy? La niña aún no ha regresado, su teléfono no da tono y estoy muy preocupada.
Emilio le respondió: —Voy a intentar localizarla.
Zulema colgó rápidamente, aferrándose a esa esperanza.
Emilio dejó a un lado el trabajo que tenía en las manos.
Se masajeó las sienes.
Y marcó el número de Selena.
Tal como había dicho Zulema, nadie contestó.
—Saúl.
Saúl entró de inmediato a la oficina. —Señor.
Emilio ordenó con voz severa: —Averigua los movimientos de la señorita Serrano después de que salió del registro civil hoy.
Saúl asintió.
Y se giró rápidamente para acatar la orden.
——
Por otro lado.
En la residencia de Vidal.
Él mantenía una expresión gélida, con los ojos llenos de una furia violenta y contenida.
Mireya estaba sentada a su lado.
Durante un largo rato, ni siquiera se atrevió a abrir la boca.
Al ver que se hacía tarde, Mireya se acercó con cuidado y le dijo en voz baja: —Vidal, ¿no quieres comer algo? Llevas todo el día sin probar bocado, me preocupa que te vayas a enfermar.
Vidal mantenía la mirada baja.
Sus largas pestañas ocultaban la tormenta de emociones que se desataba en sus ojos. —No tengo hambre.

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