Vidal se arrancó la corbata con frustración y la tiró al sofá.
Mireya se mostró sumisa, tirando tímidamente del borde de su camisa. —Fue mi culpa, no debí tocar las cosas de Selena. Incluso si ella ya no las quiere, no debería entrometerme. Selena es tu esposa, ella merece lo mejor y lo más caro.
Vidal tragó saliva y le dio unas palmaditas en la mano. —No quise decir eso.
Mireya se recostó en su hombro como un corderito manso. —Pero últimamente noto a Selena muy extraña. Cuando me hiciste tu asistente, solo se enojó un par de días y al tercero ella misma te buscó para arreglar las cosas. Lo que hizo hoy no es normal.
Vidal la miró. —¿A dónde quieres llegar?
Mireya apretó los labios y susurró: —Sospecho que Selena sabe que, ahora que el Grupo Paredes salió a bolsa, tu matrimonio está ligado al valor de las acciones de la empresa. Está segura de que no te atreverías a divorciarte de ella.
Vidal no dijo nada.
Mireya prosiguió: —Seguro que ha venido guardándose el resentimiento desde que me contrataste, y ahora que la empresa salió a bolsa, aprovechó para pasarte factura por todo de una vez. Ella parece muy inocente, pero no imaginé que fuera tan calculadora.
—Aunque, pensándolo bien, siempre ha sido así. Cuando quisiste expandir la empresa y las cosas se pusieron difíciles, enseguida buscó a un anciano adinerado. Diciendo que era para conseguirte cinco millones como capital inicial, pero en el fondo solo estaba apostando a su conveniencia.
El rostro de Vidal se tensó, apartó a Mireya y se levantó. —No inventes cosas. Ella no es ese tipo de persona.
Mireya bajó la mirada, y un brillo calculador pasó fugazmente por sus ojos. —Si tú dices que no, entonces no.
Vidal se dio la vuelta, levantó la barbilla de Mireya con los dedos. —¿Estás enojada?
Mireya dijo con los ojos llorosos: —Al principio me dijiste que el matrimonio era para ella, pero la persona y el amor eran para mí... Sin embargo, cada vez que digo algo de ella, me callas. ¿Acaso ya sientes algo por ella?
Vidal acarició suavemente su mejilla. —Siempre tendrá un lugar importante en mi vida. Su padre murió por salvarme, su abuela me crio y su hermano te salvó a ti. Le debo demasiado.
Mireya lo empujó enfadada, abrazó un cojín y se dio la vuelta, haciendo pucheros.
Vidal se sentó a su lado con una sonrisa paciente. —Pero eso es todo.
Mireya bufó. —¿Y qué hay de mí?
Vidal le acarició la nuca. —Tú me entregaste todo de forma pura, es diferente con ella. Sé buena.

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