Fabiana asintió, radiante de felicidad. —Sí, eres muy buena.
Zulema se dio la vuelta, quejándose entre dientes. —Mañana mismo te vas. ¿Dónde se ha visto una señora colándose en casa ajena? A su edad ya no está para estos trotes, y menos buscando dónde jubilarse gratis. Ojalá la vida fuera tan fácil.
Fabiana no dejó de sonreír en ningún momento.
Selena la acompañó a la habitación de invitados. —Abuela Fabiana, esta noche dormirá aquí, pero mañana cuando venga Saúl por usted, tiene que portarse bien y regresar a su casa.
Fabiana tomó la mano de Selena. —Pero yo...
Selena fingió estar enojada. —Abuela Fabiana, si obedece, seguiremos siendo grandes amigas. Pero si hace berrinche... a mí no me gusta ser amiga de señoras que no se portan bien.
Fabiana apretó los labios y asintió, poniendo cara de perrito regañado. —Está bien.
Selena regresó a la habitación principal.
Trabajó toda la madrugada.
Y por fin logró terminar el documento para la licitación.
Saúl llegó a primera hora de la mañana, Selena le entregó a Fabiana y salió disparada hacia el estudio. Imprimió el proyecto y lo selló cuidadosamente en un sobre.
Aitana fue la encargada de entregarlo a las nueve en punto.
Sin embargo, a las diez, Selena recibió un correo con el resultado de la evaluación.
El mensaje era corto y tajante.
Decía: El proyecto no ha superado la evaluación preliminar.
La respuesta le cayó como un balde de agua fría. Selena tomó su celular y llamó al departamento encargado de la revisión de licitaciones.
Quien le contestó le preguntó el nombre del estudio y el número de registro. Luego, le respondió sin rodeos: —Tras una evaluación exhaustiva, consideramos que Solara no cumple con la experiencia ni los requisitos necesarios para este evento.
Si las autoridades le hubieran dado una explicación clara, detallando exactamente en qué punto fallaba Solara, Selena habría aceptado que su capacidad aún no era suficiente.
No habría hecho un escándalo.
Pero esa excusa ambigua de «no cumplen los requisitos» no se la iba a tragar tan fácil.

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