Selena apretó los labios.
Tras pensarlo un momento, decidió llamar a Vidal.
El tono de llamada sonó repetidas veces hasta cortarse. Vidal no respondió.
¿A quién más podía recurrir?
¿A Raquel? Acababan de romper sus lazos familiares.
¿A Aitana? La pobre chica se desvivía por el trabajo del estudio, Selena no tenía corazón para despertarla a esa hora y hacerla cruzar la ciudad solo para pagar su fianza.
Selena levantó la vista y miró a la oficial con sinceridad.
—Si nadie viene a pagar mi fianza, ¿qué pasará?
La oficial le respondió con un tono burocrático, aunque con una pizca de compasión en la mirada:
—Quedará detenida en la delegación. El tiempo estándar de retención es de tres días, prorrogable a siete, y en casos especiales, hasta treinta días.
Al escuchar eso, Selena tomó una bocanada de aire.
—¿Puedo conseguir a alguien que me saque mañana por la mañana?
La mujer soltó un suspiro casi inaudible.
—Sí, pero entonces tendrá que pasar la noche en la celda de detención. Adentro solo hay una banca de menos de un metro de largo.
Selena sintió un pequeño alivio. Al menos tendría dónde recostarse.
—No importa —murmuró, negando con la cabeza.
La oficial la llevó a la celda y, al rato, regresó con una cobija.
—Es mía —explicó—. Este edificio es viejo y, en la madrugada, la calefacción no da abasto. Hará mucho frío, esto la ayudará a mantenerse un poco abrigada.
Selena le agradeció profusamente.
La oficial se dio la vuelta y se marchó.
Acostada en la pequeña banca, con la cobija doblada a medias para cubrirse, Selena se hizo un ovillo.
En realidad, no podía conciliar el sueño.
Imágenes de su vida pasaban por su mente como una película.
No lo entendía.
No comprendía si Vidal nunca la había amado, o si, de repente, ese amor se había esfumado.
Si a él le importaba tanto que ella hubiera estado casada antes con el señor Campos, ¿por qué había insistido desesperadamente en casarse con ella?
¿Acaso se había casado por culpa? ¿Para pagarle una deuda de gratitud dándole el título de señora Paredes?
El ser humano era, sin duda, una criatura inconstante.
Selena aguantó hasta pasadas las siete de la mañana. Sentía como si hasta las puntas de su cabello se hubieran congelado, colgando tiesas desde su cuero cabelludo.
Se sentó con dificultad, adolorida como si le hubieran dado una paliza.
A esa hora, Aitana ya debía estar despierta.

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