Aitana, llena de preocupación, le susurró:
—Selena, ¿vas a estar bien?
Selena asintió.
—Sigan con su trabajo, estoy bien.
Vidal se sentó en el sofá de cuero negro.
Se aflojó el cuello de la camisa.
La corbata colgaba desordenada, lo que, sumado a su apuesto rostro, le daba un aire de heredero rebelde y decadente.
—¿Estos son los empleados que crías? Infantiles, arrogantes y maleducados.
—Solo siguen el protocolo del estudio —replicó Selena—. Es un negocio pequeño, pero con reglas claras.
La furia de Vidal se avivó un poco más.
—Cierra este maldito estudio. Yo te mantendré. Te daré treinta mil de mensualidad. Te matas trabajando todo el día y, quitando los gastos, dudo que te queden ni diez mil limpios.
Selena no pudo evitar soltar una risita irónica.
¿Él mantenerla?
No quería escuchar más mentiras.
Ni siquiera cuando desconocía su verdadera naturaleza había renunciado a su carrera. ¿Iba a hacerlo ahora?
Con la mirada baja y un tono apacible, contestó:
—Me niego.
¡Plaf!
Vidal golpeó la mesa de centro con la palma de la mano.
—Selena, ¿qué diablos quieres? Si no quieres que Mireya sea mi asistente, la transfiero a tu estudio, ¿no te parece suficiente?
Selena alzó el rostro. Sus hermosos ojos reflejaban una determinación inquebrantable.

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