César la abrazó con más fuerza, su barbilla se hundió en su cuello mientras la besaba y olía su aroma con avidez.
—Bebé, tu esposo te ha extrañado mucho.
Como si acariciara a un gato, la sacó a la fuerza de la cama y la acurrucó en sus brazos.
Adicto a su olor, la besó y la olisqueó con fervor.
Al mismo tiempo, la sangre le subía a la cabeza sin control.
Wendy, besada hasta el mareo, no podía resistirse.
—Uhmm… ¿qué haces?
A veces, realmente le tenía miedo.
Una vez que la llevaba a la cama, era como un fuego voraz que podía consumirla en un instante, apoderándose de todo su ser.
—Desgraciado, suéltame.
El dolor que sentía no tuvo tiempo de aflorar, la razón se apoderó de su mente al instante.
Lo empujó con fuerza en el pecho, su voz era gélida. —¡César, suéltame!
César se detuvo, una expresión de asombro cruzó por sus ojos profundos, pero sus brazos no la soltaron, sino que la abrazaron con más fuerza. —¿Wendy, qué pasa?
—¡No me llames Wendy!
Wendy giró la cabeza para evitar su mirada, sentía el pecho oprimido, un dolor sordo. —¿Quién eres? ¿Te conozco?
—¿Para qué has vuelto? ¿Tenías que volver? ¿Por qué no te moriste por ahí?
Dicho esto, las lágrimas comenzaron a caer sin parar, mientras lo golpeaba y lo empujaba.
Este desgraciado.
Era un canalla, un sinvergüenza.
No lo perdonaría.
La culpa se reflejó en los ojos de César. —Lo siento, soy un imbécil. No debí irme con tanta prisa, te preocupé y te hice sufrir.
Wendy, al oírlo, se sintió aún más dolida y furiosa. —¡Lárgate, lárgate!
—No quiero verte, y no te perdonaré… ¡uhmm!
Antes de que terminara de hablar, sus labios sellaron los de ella.
Salomé sintió un vuelco en el corazón y aceleró el paso. —¿Ustedes qué hacen aquí?
—Buenos días, señora Quiroga.
Salomé reconoció a los guardaespaldas, eran Andrés y Leandro.
Eran los hombres de confianza de César, casi siempre a su lado.
Por eso los conocía.
—Leandro, Andrés, ¿qué hacen aquí? ¿Ha vuelto César?
Andrés asintió. —Sí, el señor Santillán ya ha vuelto, está en la habitación.
Salomé, al oírlo, se impacientó aún más y se dispuso a entrar.
—Por fin ha vuelto.
—¡Qué informalidad la suya, irse así en mitad de la boda! ¿Acaso no pensó en los sentimientos de Wendy?
Andrés y Leandro la detuvieron. —¡Señora Quiroga, por el momento no puede entrar!
La mano de Salomé se quedó paralizada en el pomo de la puerta, su rostro se ensombreció al instante. —¿Qué significa eso? Mi hija está ahí dentro, ¿por qué no puedo entrar?

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