Wendy lo observó, pero aun así sentía que algo no cuadraba.
—¿Ya terminaste?
—Sí, ya terminé todo.
César se acercó a ella y le acomodó un mechón de cabello húmedo detrás de la oreja. Sus dedos rozaron sin querer el lóbulo de su oreja.
—¿Ya te bañaste? ¿Estaba bien la temperatura del agua?
Wendy asintió por inercia, pero su mirada se desvió hacia la computadora que él acababa de cerrar. La pantalla estaba en negro, no se veía nada. Se mordió el labio.
—Qué bueno que ya terminaste. Tengo un poco de hambre.
Una sonrisa asomó en los ojos de César.
—En la cocina hay sopa de nido de golondrina que preparó Dalila. Solo hay que calentarla un poco.
—Pero quiero la sopa de res con fideos que tú haces.
—Claro, ahora mismo te la preparo.
Wendy se dejó guiar por él hacia la salida. Al pasar junto al escritorio, su mirada de reojo captó un portarretratos en una esquina. Era una foto que él mismo le había tomado. En ella, llevaba el vestido blanco de hombros descubiertos que él le había elegido, con el cabello recogido en una cola de caballo, de pie bajo un rosal. El sol le iluminaba el rostro, destacando sus dos hoyuelos.
Antes no le había dado importancia. Pero después de ver la foto de Eva, de repente se dio cuenta. ¿Acaso su foto no era una copia exacta de la de Eva?
—¿Qué miras?
La sonrisa de Wendy se había desvanecido por completo.
—Nada —dijo con indiferencia.
Al notar el cambio en su estado de ánimo, César le rodeó los hombros y la consoló con ternura.
—¿Qué pasa? ¿Por qué te pusiste triste de nuevo?



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