—¡…Eva! —César abrió los ojos de golpe, el terror de la pesadilla todavía grabado en su rostro.
Le tomó casi un minuto calmarse antes de que sus pensamientos confusos comenzaran a aclararse.
—Uf, acabo de tener una pesadilla.
Los labios de Wendy temblaban, incapaz de articular palabra. El nombre de "Eva", repetido una y otra vez, resonaba en sus oídos como agujas envenenadas que le perforaban el corazón.
—…¿Con quién soñabas? —logró preguntar finalmente, su voz tan áspera como el papel de lija.
César, al darse cuenta de que probablemente había hablado en sueños, intentó acariciarle la cara, pero ella se apartó. Su mano quedó suspendida en el aire, y un atisbo de pánico cruzó su mirada.
—No fue nada, solo un montón de imágenes sin sentido. ¿Te asusté?
—No dejabas de llamar a Eva. —Wendy lo miró directamente, pronunciando cada palabra con lentitud—. Te referías a Eva Domínguez, ¿verdad?
La sonrisa de César se desvaneció por completo. Guardó silencio unos segundos, tragó saliva y finalmente habló.
—Escuchaste mal, te estaba llamando a ti.
—¿Ah, sí?
César la rodeó con el brazo, intentando cambiar de tema.
—Mi niña, otra vez con tus ideas. Te digo que estaba soñando, ni yo mismo sé a quién llamaba. ¿Qué hora es?
Wendy no respondió, solo lo observó con una mirada impasible. César fingió mirar su reloj.
—¡Caray, ya son casi las cuatro! Levántate, vamos a cambiarnos para ir a cenar con papá.
Wendy frunció el ceño.
—Ve tú solo, yo no quiero ir.
—Yo no te pedí que me calmaras.
Dicho esto, se levantó de la cama, se puso las pantuflas y salió de la habitación. No era que fuera exagerada, era que… en ese momento, no podía tolerar la más mínima mentira. No podía aceptar que su esposo amara a otra mujer. La experiencia con Dante le había dejado una herida profunda, y tenía miedo. Prefería renunciar al amor y al matrimonio antes que aceptar una farsa.
César respiró hondo y la siguió para intentar calmarla.
—Wendy, mi amor, mi niña… Si dije algo mal, te pido perdón, ¿sí? No te enojes, que te pones menos bonita.
Wendy se zafó de su agarre y retrocedió varios pasos.
—Suéltame, no me toques.
—Mi vida, por favor, no te enojes. Estaba soñando, de verdad no sé qué dije. ¿Por qué no me recuerdas qué fue lo que dije?
Wendy sintió un nudo en la garganta y las lágrimas inundaron sus ojos.

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