-¡Pum!-
César abrió la puerta del estudio de golpe, con el pánico dibujado en el rostro.
—Wendy, ¿qué haces aquí? ¿No estabas cansada y querías descansar?
Wendy no respondió; se limitó a mirarlo fijamente. Al ver el libro, Cien años de soledad, en sus manos, la ansiedad de César se disparó. Se acercó a toda prisa y le arrebató el libro.
—¿Qué haces mirando esto?
Ella seguía en silencio.
César hojeó el libro con desesperación, pero no encontró la foto. Un nudo se le formó en el estómago mientras lo revisaba una y otra vez. Seguía sin aparecer.
¡Boom!
La mente de César se quedó en blanco.
—¿Dónde está la foto que había en el libro? —preguntó, la voz cargada de angustia y pánico.
Wendy lo observó con una mirada compleja.
—La rompí.
—…¿Qué dijiste?
—Que rompí la foto.
Los ojos de César se abrieron de par en par, y su rostro se contrajo en una mueca de furia.
—¡Estás loca! ¿Quién te dio permiso de tocar mis cosas?
Se agachó de inmediato para revisar el bote de basura. Al ver los pedazos de papel, su ira estalló.
—¡Wendy!
La fulminó con la mirada, los ojos inyectados en sangre. Su expresión era aterradora.
A Wendy le dolió el corazón.
—¿No decías que no la amabas? —le recriminó—. Es solo una foto. ¿Por qué te pones así?
El grito de César se quedó atascado en su garganta, como si una mano invisible lo estuviera ahogando.

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