Wendy sintió un nudo en la garganta y se quedó paralizada.
—Wendy, baja a verlo. Pase lo que pase, no queremos una tragedia. Aunque se separen, queda el cariño.
—… —Wendy tardó unos segundos en reaccionar, sin poder creer lo que oía.
Hace un momento estaba convencida de que él no haría ninguna tontería, y ahora resultaba que de verdad se había quedado bajo la tormenta. Claro que él tampoco se imaginaba que ella sería tan cruel como para dejarlo mojarse tanto tiempo.
—Señora, baje a ver al señor Santillán, por favor —insistió el mayordomo, angustiado.
—Sí, sí… —Wendy volvió en sí y corrió hacia las escaleras.
—Wendy, afuera hace frío, ponte un abrigo. —La señora Quiroga le pidió a una empleada que le trajera una chaqueta y la siguió al patio.
A través de los ventanales del salón, se veía que la lluvia había cesado, pero el viento nocturno era aún más frío. Al salir, vio la figura familiar de César, sostenida por Andrés, con la espalda encorvada. Su rostro, pálido por la lluvia, parecía irradiar frío. Tenía el pelo empapado y pegado a la frente, y su camisa, completamente mojada, se adhería a su cuerpo, marcando la tensión de sus hombros.
Al ver salir a Wendy, César la llamó con voz ronca y débil.
—Wendy, por fin saliste…
Wendy sintió una punzada en el pecho y aceleró el paso. Pero al llegar a su lado, logró contener sus emociones y le recriminó:
—¿No decías que estaba desmayado? A mí me parece que está perfectamente.
Al oírla, César casi escupe sangre. Esa mujer cruel de verdad quería que se muriera de frío.

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