Le sonrió. Se veía un poco vulnerable, como si temiera que ella lo echara.
—Dijiste que seríamos amigos normales, no te apresures a rechazarme.
—No vengo a molestar.
Afuera nevaba y él llevaba ropa ligera; en su rostro había una súplica. Había perdido toda su arrogancia y frialdad. Tenía copos de nieve en los hombros.
—Dejo las cosas y me voy.
Gloria tomó las bolsas.
—Pásale.
—Mi amiga también está aquí.
—Si no te importa.
Él negó rápidamente con la cabeza. Esteban dejó las cosas, se aclaró la garganta para ocultar una sonrisa. Se le arrugaron las comisuras de los ojos al sonreír. Al parecer, la estrategia indirecta funcionaba. Lucas tenía razón. Tenía que mostrar su lado vulnerable, no hacer cosas que le desagradaran. Si él retrocedía un paso, ella avanzaba uno por iniciativa propia.
Gloria dijo:
—Gracias.
Esteban se quedó atónito, mirándola sin entender.
—Gracias por contratar al especialista para Bruno —aclaró ella.
Así que su amabilidad era por Bruno. Pero Esteban no se rindió. Esbozó una sonrisa.
—No hay de qué.
—Espero que se recupere pronto.
No podía presionarla demasiado, tenía que ser prudente.
En la cocina, Esteban estaba solo. Les había pedido a Gloria y a Josefina que salieran.
Josefina le preguntó a Gloria moviendo solo los labios: «¿Segura que sabe cocinar?».
Gloria asintió. Cuando Esteban estudiaba en el extranjero, no se acostumbraba a la comida de allá y solía cocinar él mismo.
Josefina estaba sorprendida.
—Pensé que alguien de su nivel tendría chefs que le cocinaran.
—¿Come tacos de la calle?
Josefina tenía mucha curiosidad. Antes de que Gloria pudiera responder, una voz sonó a sus espaldas, perezosa y risueña:



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