La escena de aquella noche lluviosa le vino a la mente de golpe.
Ese día que llovió, quien la trajo a casa no fue Bruno. Esteban lo dedujo al instante.
La última vez, con esa tormenta repentina, él había ido al hospital preocupado por si ella no tenía paraguas, pero sus colegas le dijeron que había pedido el día libre. El coche que vio entonces no era el de Bruno, solo era el mismo modelo.
Esteban apretó los labios en una línea fina, clavando una mirada oscura y pesada en el hombre.
El otro, en cambio, parecía tranquilo y honesto.
—Claro, nos vemos.
Al terminar de hablar, le dedicó una sonrisa casual a Esteban.
Esteban sintió cómo se le oscurecía la mirada. Acababa de aparecer alguien que lo ponía más nervioso y temeroso que el propio Bruno.
El camino de regreso transcurrió en silencio, solo roto por el ruido de los coches que pasaban a toda velocidad. Dentro del vehículo, el ambiente era pesado.
Gloria fingió dormir.
Al llegar abajo de su edificio, abrió los ojos.
—Gracias.
Su tono seguía marcando esa distancia infranqueable.
El corazón de Esteban latía con fuerza, fuera de control. La actitud de ella le provocaba miedo, ansiedad. ¿Desde cuándo había tantos hombres a su alrededor?
En el ascensor, Esteban rompió el silencio. Quería preguntar quién era ese tipo, pero ¿con qué derecho?
Esteban se contuvo, tragándose las palabras. Forzó una sonrisa y se guardó todas las dudas.
—Que descanses.
Ver a Esteban tan «sensato» hizo que ella se relajara. Finalmente, le dedicó una leve sonrisa.
—Descansa.
Ella salió del ascensor. Esteban se quedó mirando su espalda fijamente hasta que las puertas se cerraron, y luego regresó a su propio piso.
Inmediatamente sacó el celular y llamó a Simón. Le ordenó investigar al hombre que había aparecido esa noche.
Esteban estaba experimentando en carne propia la angustia de la incertidumbre y el miedo a perder algo que ni siquiera tenía seguro.
—Señor Aguilar.
—Gloria y Mauricio fueron compañeros de universidad. Se vieron hace poco en una cafetería.
—Hace unos días llovió en la zona de la universidad; Gloria fue a recoger unos documentos y se encontró con Mauricio. Él la llevó a casa y le prestó el paraguas.
La mirada de Esteban se oscureció, indescifrable, mientras apretaba el celular con fuerza. Los nudillos se le pusieron blancos de la tensión.
—Bien —dijo—. Enterado.
¿Desde cuándo Gloria conocía a tantos hombres? Recién se daba cuenta. Una oleada de celos inexplicables le invadió el pecho y le nubló la razón.
***
En la residencia de los Guzmán.
La señora Guzmán recibió una carta anónima.
[Tu hija está viva.]
Cuando recibió el sobre, solo el señor Guzmán estaba a su lado. La señora Guzmán abrió los ojos desmesuradamente y se cubrió la boca con las manos. La forma y el momento en que llegó la carta eran demasiado extraños; sentía una mezcla de miedo y esperanza.

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