Ella ya había dejado atrás esa etapa de estudiante.
El puesto de desayunos estaba lleno de vida y aromas. Hacía mucho que no desayunaba con tanta calma. Desde que empezó a trabajar, siempre andaba a las carreras, comiendo cualquier cosa mal hecha antes de ir al hospital.
Al terminar, Mauricio no le quitó más tiempo de descanso.
—Acabas de salir de cirugía, debes estar agotada. ¿Te llevo a descansar?
Gloria le respondió:
—Gracias.
A las siete de la mañana, el Periférico ya empezaba a mostrar señales de tráfico pesado. Gloria no pudo evitar cabecear en el asiento. Mauricio se dio cuenta y apagó la radio del coche. Ella se quedó dormida, y la luz del amanecer caía sobre su rostro. Él pensó que la escena transmitía una paz absoluta.
Al llegar al edificio, Mauricio la despertó.
—Gloria.
Ella se despertó de golpe, con la frente perlada de sudor. Su cerebro había trabajado demasiado y, sumado al impacto de ver la muerte de frente hoy, en esa media hora tuvo una pesadilla. Soñó con su vida pasada. Ese miedo todavía la hacía temblar.
Cuando Mauricio la llamó, soltó un largo suspiro. Se desabrochó el cinturón con los ojos llorosos.
—Señor Solís, gracias. Ya me voy.
Antes de bajar, se despidió de Blanco y Blanquito.
Al llegar a su departamento, se dio un baño rápido y cayó rendida en la cama. Cuando despertó, ya casi anochecía. Tenía un hambre voraz. Se preparó para salir a buscar algo de comer.
Al salir del elevador, se topó de frente con Bruno. Traía postres de una pastelería fina.
—¿Ya comiste?



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