Lucas se rio y dijo:
—A los Beltrán les salió el tiro por la culata con esa jugada.
—Si echamos números, esta vez los Beltrán perdieron bastante.
—Se quedaron sin el santo y sin la limosna.
Esteban esbozó una leve sonrisa.
—Recopilen la evidencia. Cuando la tengan, avísenle a la gente de Alexander.
—Vamos a ver cómo planea manejarlo Alexander.
Lucas no entendía por qué le dejaba el problema de los Beltrán a Alexander.
Esteban lo miró.
—Alexander conoce bien esa zona y tiene muchos recursos.
—Además, no le tiene miedo a enemistarse con los Beltrán.
—Después de haberle provocado una pérdida tan grande, Alexander debe tener más ganas de encargarse de Carlo que nosotros.
—Esteban, eres un viejo zorro.
Lucas comenzó a preparar a su gente para infiltrarse en la fábrica de los Beltrán en Arcadia.
Esteban le advirtió una vez más.
—Ten cuidado.
—Que no te agarren en la movida.
Lucas era, en realidad, muy meticuloso, y sus habilidades de contraespionaje eran fuertes.
Su familia pensó en su momento que tenía madera de militar.
Pero a él no le gustaban las ataduras; amaba la libertad. Ni siquiera quiso heredar el negocio familiar, mucho menos ser soldado.
Algunos pensaban que Lucas era un tonto por rechazar una herencia tan grande y dejársela toda a su hermano mayor. Pero Lucas lo tenía claro: heredar el negocio significaba cargar con el peso y el control de la familia.
Todo tiene un costo; no se puede chiflar y comer pinole al mismo tiempo.
Uno no puede tenerlo todo.
—Te garantizo que no dejaré rastro, ya tengo a la gente lista.
—Los Beltrán no sospecharán nada.
—Me imagino que Arturo debe andar ahorita que no cabe en sí de orgullo.
—Perjudicó a los Carrillo y encima consiguió un lote de mercancía de calidad. Seguro piensa venderla a otro comprador y ganar una millonada.
Esteban torció el gesto y dijo:
—Seguro piensa negociar esa misma mercancía con Alexander.
Lucas aplaudió.
—Tiene sentido.
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