Gloria comía una sopa instantánea acompañada de una salchicha.
Le preguntó a Bruno:
—Hermano.
—¿Crees que irme a Umbelea sea muy egoísta de mi parte?
Los sueños que Bruno había tenido eran sobre la vida pasada de ella.
Él sabía el daño que ella había sufrido.
Por eso, Bruno la apoyaba, y pensaba que sus padres también lo harían.
Bruno sonrió levemente.
—Gloria.
—Haz lo que tú quieras hacer.
—Yo te apoyo.
—¿Recuerdas por qué quisiste ser doctora la primera vez?
Gloria lo pensó detenidamente.
—En la prepa, cuando era joven e impulsiva. La primera vez que fui al hospital a un chequeo, vi a los familiares de los pacientes durmiendo en los rincones del pasillo. Sentí que la vida era muy injusta y quise salvar al mundo, jajaja.
Bruno asintió con una mirada seria.
—Yendo a Umbelea, también vas a salvar gente.
—¿Cómo va a ser egoísta?
—Gloria, ¿sabes algo? Yo quise ser doctor porque, en ese entonces, tú falleciste por enfermedad. Me hice médico para poder salvar a más familias como la nuestra.
—Tanto papá y mamá como yo, te apoyamos.
Gloria sintió ganas de llorar, pero se contuvo.
Bruno le destapó una botella de agua.
Ella bebió un trago.
De camino a dejarla en el hospital para su turno, Bruno dijo:
—Oye, ¿y si voy contigo a Umbelea?
Gloria negó con la cabeza.
—Quiero ir sola.
Bruno la entendía; ella quería estar sola, ir a un lugar desconocido y ser ella misma.
Aunque le dolía dejarla ir, deseaba más su felicidad.
—Está bien, entonces ve la migración de animales por mí.
Gloria se paró en los escalones y se despidió con la mano.
—Sin falta.
—Ya entro, bye.
Bruno la miró con cariño.
—Entra pues, ya me voy.
Él se dio la vuelta.
De repente ella dijo:
—Hermano.
—Ve con cuidado.
Bruno se detuvo y no pudo evitar sonreír.


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