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Tu Tutor Tu Esposo Tu Ex romance Capítulo 284

Bruno tenía los ojos entrecerrados. Esteban mostraba un leve cansancio en el rostro.

—Hermano.

Bruno frunció el ceño con fastidio.

—¿Quién es tu hermano? No me digas así.

El encargado de la capilla no les ocultó nada; ambos tenían recuerdos de la vida pasada de Gloria.

—Hijos, ¿qué los trae por aquí? ¿Es sobre su vida pasada?

Esteban y Bruno levantaron la cabeza de golpe, mirándose el uno al otro y luego al hombre.

El encargado sonrió levemente.

—Acompáñenme.

Fueron a esa cabaña sencilla pero impecable.

—Los lazos de dolor de su vida pasada y presente ya se han roto; de ahora en adelante, ella vivirá sin tragedias ni enfermedades. Si quieren agradecer, pueden hacer obras de caridad.

Con esas dos frases, los despachó a ambos. Parados afuera de la capilla, Bruno habló primero:

—¿Ya lo sabías?

Esteban entendió a qué se refería.

—Sí —respondió con un sonido ahogado.

Bruno lo miró con frialdad. Esteban no añadió nada más. Cuando Bruno hizo ademán de irse, Esteban lo detuvo.

—Hablemos. Sobre Carlo.

Bruno se detuvo. Esteban continuó:

—Carlo es Fabio. El hermano de Beatriz.

—Señor Aguilar, Rodrigo no sabe lo que hace. Ya lo eduqué.

Esteban, ante tal adulación, apenas le dirigió una mirada de reojo, con una sonrisa sarcástica en los labios. Se volvió hacia Simón:

—Llévame al departamento.

Ni siquiera se molestó en mirar al padre de Rodrigo. No sabía los detalles de cómo Lucas había resuelto lo de Beatriz y Rodrigo, y no le importaba.

Simón pidió el coche para llevar a Esteban. En el camino, le dio el reporte del día. Esteban tenía gente vigilando cada paso de la familia Beltrán. El conflicto entre los Guzmán y los Beltrán parecía tranquilo por fuera, pero por dentro ya era una guerra.

En el residencial ya habían puesto adornos navideños y colgado faroles en los edificios. Al llegar abajo, Esteban despidió a Simón.

Faltaban tres días para Navidad. Al ver las decoraciones rojas, le cayó el veinte: ya casi era Navidad. ¿Ella estaría bien allá?

Esteban le mandaba mensajes cada pocos días. Ella no contestaba.

Esa noche, después de bañarse, revisó su celular. Al ver que le había llegado un mensaje, se quedó pasmado unos segundos. Luego, sus labios apretados se curvaron en una sonrisa, sus ojos brillaron y la alegría le iluminó la cara.

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