Para el banquete de cumpleaños de la señora Elena, Gloria cambió el turno con un colega a propósito.
Envolvió la bufanda que había tejido en una caja elegante.
Justo cuando se preparaba para salir, Esteban la llamó.
—Baja.
Gloria no entendió.
Esteban añadió: —Estoy abajo de tu edificio.
El espacio dentro del coche era reducido.
Gloria se sentía incómoda y no quería ir en su auto.
—No es necesario.
—Puedo pedir un taxi.
Esteban respondió con tono indiferente.
—¿Un taxi?
—Para cuando consigas un taxi, la fiesta de la señora Elena ya habrá terminado. ¿Planeas ir a lavar los platos?
Gloria terminó cediendo.
Se subió al coche de Esteban.
No fue al asiento del copiloto, sino que abrió la puerta trasera.
El hombre, con su gran estatura, ocupaba la mitad del espacio.
Gloria se quedó pasmada un momento.
El hombre alzó la vista lentamente para mirarla, arqueando levemente una ceja.
Con cierto aire de triunfo.
—¿No vas a subir?
Ella pensó que él estaría conduciendo.
Pero quien manejaba hoy era José.
José volteó y la saludó sonriendo.
—Señorita Carrillo, suba, por favor.
Gloria subió al auto haciendo de tripas corazón.
Hoy Esteban había cambiado de vehículo.
Este coche tenía un espacio más reducido.
Sumado a que el cuerpo del hombre ocupaba medio asiento, cuando José frenó de golpe, el cuerpo de Gloria se inclinó ligeramente hacia Esteban.
Luego, José dio otro frenó brusco.
Gloria se resbaló hasta quedar junto a Esteban.
Instintivamente, se agarró de la persona a su lado.
Percibió el aroma limpio y tenue que emanaba del hombre.
Era la fragancia fresca del suavizante en su ropa.
Mezclada con ese olor único que le pertenecía solo a él.
En su vida pasada, no era como si no hubiera tenido contacto íntimo con Esteban.
Hasta se habían acostado.
Por eso, al estar tan cerca, Gloria no pudo evitar sonrojarse.
Por suerte, la luz dentro del auto era tenue y no se notaba mucho.
Ella agradeció en silencio.
Sin embargo, Esteban se acercó despacio, pegándose a su cara.
Su voz era grave.
El rostro del hombre se veía entre la penumbra.
—¿Por qué tienes la cara tan roja?
Gloria enderezó la espalda de inmediato y se recorrió hacia la orilla.
Marcó distancia en silencio.
El hombre no la dejó en paz.
—¿Tienes calor?
Gloria se hizo la tonta.
—No, para nada.
—Bueno, sí hace un poco de calor, quizás José puso la calefacción muy alta.
Esteban apretó los labios en una sonrisa.
La miró con burla.
—José no encendió la calefacción.
Ella no dijo nada más y dejó de prestarle atención a Esteban.
Llegaron a la mansión de los Aguilar.
Todos los asistentes al cumpleaños de la anciana señora eran figuras importantes de Cruz del Sur.
Por supuesto, Lucas y Damián también estaban ahí.
Las tres familias tenían buena relación; además de ellos dos, los mayores de la familia y de la familia Ramírez también habían venido a felicitar a la señora Elena.
Al ver a Gloria, la señora Elena sonrió.
De inmediato la jaló para tenerla a su lado.
Había escuchado todas esas palabras.
Bajó la mano y no abrió la puerta.
De vuelta en el salón de banquetes, Esteban tomó una copa de vino tinto.
En el tercer piso de la mansión.
Esteban dio un pequeño sorbo a su vino.
Lucas lo buscó un buen rato hasta que lo encontró ahí.
Se paró junto a Esteban.
De repente, la silueta de un hombre y una mujer entró en su campo de visión.
Desde las alturas, cada movimiento de la pareja en el jardín quedaba expuesto.
Abajo estaban Gloria y Bruno.
Lucas observó con atención.
Soltó una exclamación de sorpresa: —¡No manches!
—Ese es el tipo que estaba con Gloria en el restaurante de estofados la otra noche.
La expresión de Esteban cambió por fin.
Entornó sus ojos rasgados, observando cada gesto de las personas abajo.
Desde su perspectiva, veía a un hombre apuesto y a una mujer linda charlando muy a gusto en el jardín.
El hombre era caballeroso y educado. Parecía tener cierto interés en la mujer.
Lucas agitó su copa de vino, y tras beberse el contenido, suspiró:
—Esteban, parece que te va a salir competencia.
—A mi Gloria me la van a ganar en mis narices.
Esteban le lanzó una mirada gélida de reojo.
Escupió una sola palabra:
—Lárgate.
Gloria estuvo a punto de tropezar, pero el hombre a su lado la sostuvo de la mano.
Ella sonrió y sus ojos se curvaron con dulzura.
—Gracias.
Al ver esto, el hombre en el tercer piso frunció el ceño con fuerza.
Gloria no esperaba que Bruno también asistiera al cumpleaños de la señora Elena.
Él era el nieto de la familia Guzmán de Cruz del Sur.
Ambos eran médicos, así que tenían más temas de conversación.

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