El primer día laboral de la apuesta comenzó.
A las seis y cincuenta de la mañana, Ofelia llegó puntual a la sala de enfermería de AeroHorizonte. Apenas había terminado de preparar los instrumentos para los chequeos de rutina, cuando la puerta se abrió.
Adrián Caballero, de quien se había separado el día anterior, apareció con su uniforme impecable. Las cuatro barras en sus hombros brillaban fríamente bajo la luz de la mañana.
Su postura erguida y su rostro atractivo eran exactamente iguales a siempre.
En el mismo instante en que él cruzó el umbral, Sofía Varela entró detrás de él.
Sofía llevaba consigo su maleta de vuelo y respiraba con algo de agitación, como si hubiera trotado para alcanzarlo.
—Buenos días, Capitán Caballero.
Carla, la enfermera de turno, los saludó. Su mirada se detuvo un momento en Adrián y Sofía, y luego le dirigió a Ofelia una sonrisa de complicidad llena de chisme.
Ofelia sonrió levemente, se puso los guantes de examen y habló con un tono puramente profesional.
—Capitán Caballero, pase por aquí para su revisión antes del vuelo.
Al verla, las pupilas del hombre se contrajeron imperceptiblemente.
Pero recuperó la compostura casi de inmediato y se colocó frente a la camilla de exploración como si nada pasara.
Ofelia se detuvo frente a Adrián con sus instrumentos y le desabrochó los dos primeros botones del uniforme.
Su mirada se cruzó por casualidad con el bordado dorado en el cuello del traje y sus dedos temblaron casi sin que se notara.
Como era tradición, cada tripulante debía llevar bordadas las iniciales de su nombre en el uniforme.
Las letras en el traje de Adrián habían sido bordadas por la mismísima Ofelia en el pasado.
Y ahora, esa misma prenda ya estaba impregnada con el perfume de Sofía.
Al pensar en eso, Ofelia colocó el tensiómetro en el brazo firme del hombre y apoyó el estetoscopio en su pecho, hablando con indiferencia.
—Voy a comenzar a medir el ritmo cardíaco y la presión arterial. Por favor, mantenga su respiración constante.
Al decir eso, los dos estaban tan cerca que Adrián casi podía sentir la temperatura de los dedos de Ofelia, mezclada con el sutil aroma a limón que ella siempre usaba.
Ese era el olor de su jabón corporal de siempre.
Sin saber por qué, de pronto recordó el primer día de trabajo de Ofelia en la clínica, hace años.
Ese día, la primera persona que le tocó revisar fue a él. Estaba tan nerviosa que ni siquiera podía sostener bien el tensiómetro. Cuando le desabrochó la camisa, se puso roja como un tomate.
«R-ritmo cardíaco normal, presión normal, apto para el vuelo.»
La joven recién graduada había tartamudeado, e incluso era demasiado tímida para cruzar miradas con él.
En ese entonces, él se burló de ella sonriendo.
«Doctora Ríos, ¿ya terminó? ¿No quiere revisar una vez más para estar segura?»
Ella negó vigorosamente con la cabeza, completamente sonrojada, pero con unos ojos brillantes llenos de dulzura.
Sofía bajó la voz, mostrando una expresión tímida.
—Como sabe, en mi estado actual, me da miedo volver a sentirme mal en el vuelo de hoy, y no quiero que Adrián se esté preocupando por mí en todo momento...
—En la clínica de la aerolínea no tenemos medicamentos para mujeres embarazadas. Si los necesitas, tendrás que ir a un hospital.
La mirada de Ofelia se detuvo un segundo en el vientre todavía plano de Sofía, y decidió mantener su ética profesional para darle una advertencia seria.
—Trabajar en las alturas durante el embarazo conlleva muchos riesgos. Te sugiero que lo reportes como es debido y dejes de volar temporalmente. Es por tu propia salud y la del bebé.
—Pero estoy a punto de que me hagan fija en el puesto. Si dejo de volar ahora, quién sabe cuánto tendré que esperar para que me den otra oportunidad de ser Jefa de Cabina.
Sofía se mordió el labio, dudó un momento y luego sonrió con fingida timidez.
—Doctora Ríos, sé que se preocupa por mí, pero Adrián dijo que nos protegería a mí y a mi bebé. Ya me asignó a las rutas más cortas, así que creo que no habrá ningún problema.
—...Como gustes.
Ofelia, sin saber qué más decir, dejó el bolígrafo. Justo cuando iba a llamar al siguiente empleado, Sofía le tomó la mano de repente.
—Doctora Ríos, no siga enojada con Adrián. Sé que por fuera parece muy frío y a veces siente que no es lo suficientemente cariñoso. Pero en el fondo es muy cálido, si lo llega a conocer bien, lo entenderá.
Mientras hablaba, Sofía se desabrochó el botón del uniforme y le mostró un pequeño escapulario que llevaba enganchado por dentro.
—Mire. Adrián me lo regaló en mi primer vuelo. En realidad es muy tierno y detallista, solo que no sabe cómo expresarlo. Si quiere, cuando vuelva puedo hablar con él para pedirle que sea más atento con usted.

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