Ofelia se tensó, levantando la vista sorprendida, y se encontró con unos ojos afilados y fríos.
—Estoy bien, suéltame.
Mientras hablaba, Ofelia lo empujó, pero al hacer el mínimo esfuerzo, el dolor en su tobillo se intensificó, provocando que temblara sin poder evitarlo.
—¿Qué te pasó en el pie?
Adrián finalmente notó la hinchazón y el enrojecimiento en el tobillo de Ofelia. Se agachó para revisarlo, pero en cuanto sus largos dedos rozaron la piel, ella se encogió como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
—No es asunto tuyo.
Su voz era cortante. Empezó a subir las escaleras cojeando y sola.
Adrián frunció el ceño, la alcanzó rápidamente y, sin darle tiempo a protestar, la cargó en brazos.
—¡Adrián Caballero, suéltame!
Ofelia, atrapada en sus brazos, forcejeó con fuerza.
Pero la poca fuerza que tenía no era más que el rasguño de un gatito para él. Lo único que logró fue una advertencia.
—No hagas un escándalo, a menos que... ¿quieras que la abuela nos vea peleando?
Esa frase dio justo en el punto débil de Ofelia.
Dejó de forcejear, lo que provocó que Adrián curvara ligeramente los labios con satisfacción.
Como esperaba, ella seguía siendo dócil ante sus exigencias.
Cuando Adrián llevó a Ofelia en brazos al comedor, Doña Esmeralda ya estaba sentada a la mesa. Al verla en ese estado, se preocupó de inmediato.
—¡Mi niña! ¿Qué te pasó? ¿Es grave?
—No se preocupe, abuela, solo fue una pequeña torcedura.
Ofelia forzó una sonrisa para tranquilizarla.
Adrián la sentó en la silla con cuidado, tomó asiento a su lado y le sirvió un plato de comida él mismo.
—Es tu favorito, cómetelo antes de que se enfríe.
Además, cuando un hombre casado no quiere volver a su casa, por lo general es porque su esposa no sirve para nada. Una mujer que ni siquiera puede retener el corazón de su marido, ¿qué es sino una inútil?
Ofelia apretó los cubiertos en su mano con fuerza.
El rostro de Doña Esmeralda se ensombreció y la reprendió con severidad.
—¡Isabel, qué tonterías estás diciendo!
—¡Suegra mía, esta mocosa tiene dos caras! ¡En frente de usted es una santa, pero a sus espaldas es otra! ¡La tiene engañada!
Isabel azotó su plato sobre la mesa, mirando a Ofelia con puro asco.
—Mamá. — Adrián interrumpió fríamente los insultos de Isabel con una mirada gélida, —Soy yo el que no quiere tener hijos.
El comedor, que ya estaba tenso, cayó en un silencio sepulcral ante su declaración.
Ofelia levantó la vista atónita, justo a tiempo para ver cómo Adrián le sonreía levemente y le tomaba la mano con naturalidad.

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