Capítulo 6 —El desconocido de la pastelería
Valentina sostuvo la mirada de Adrián durante un instante, quizá sorprendida por la seguridad con la que había prometido regresar. Después señaló las vitrinas.
No había temor en su expresión, solo una curiosidad tranquila que no encajaba con la cómplice ambiciosa que esperaba encontrar allí.
—Si piensa volver, será mejor que encuentre una buena razón.
—Creí que sus pasteles eran la razón.
—Todavía no ha probado ninguno.
Valentina sostuvo la mirada de Adrián durante un instante, quizá sorprendida por la seguridad con la que había prometido regresar. Después se volvió hacia la vitrina.
—Entonces tendré que asegurarme de que cumpla su palabra.
Mientras ella preparaba su elección, Adrián recorrió el lugar con la mirada. Era pequeño, luminoso y mucho más sencillo de lo que había imaginado. Las vitrinas estaban llenas de tartas, panes y porciones individuales. No había nada que revelara una conexión con Evangelina ni con el mundo al que él pertenecía.
Valentina tomó un plato, colocó sobre él una porción de tarta y la dejó delante de Adrián.
—Tarta de limón. La especialidad de la casa.
Él observó el postre.
—No le dije que me gustara el limón.
—También dijo que no tenía idea de qué elegir. Ahora tendrá que confiar en mí.
—No suelo confiar en desconocidos.
Una sonrisa breve apareció en los labios de Valentina.
—Entonces será mejor que la tarta sea convincente.
Adrián observó la porción antes de aceptar el plato. Había ido preparado para encontrar una mujer calculadora, alguien capaz de reconocerlo y medir de inmediato cuánto podía obtener de él. En cambio, Valentina parecía más interesada en convencerlo de probar una tarta que en averiguar quién era.
Eligió una mesa desde la cual podía verla trabajar.
Valentina regresó detrás del mostrador y comenzó a organizar unas cajas. No lo miró otra vez. Tampoco buscó iniciar una conversación innecesaria. Adrián probó la tarta mientras analizaba cada uno de sus movimientos.
No parecía nerviosa. Eso no demostraba nada.
Si Valentina formaba parte del fraude, podía llevar meses preparándose para representar aquel papel. Una viuda trabajadora, dueña de un negocio modesto, embarazada con la supuesta muestra de su esposo muerto. Era una historia demasiado perfecta para no despertar sospechas.
Sin embargo, la tarta era excelente. Adrián tomó otro bocado y se irritó consigo mismo por notarlo.
Una puerta se abrió detrás del mostrador y apareció Martina cargando una bandeja.
—Llegaron las cajas pequeñas —anunció—. Pero enviaron menos de las que pedimos.
—Otra vez no —protestó Valentina.
—Otra vez sí. Llamé al proveedor y dice que completará el pedido mañana.
Valentina revisó las cajas y soltó un suspiro.
—Tendremos que reservar estas para los encargos.
—¿Vas a venir a trabajar después de la consulta?
La pregunta hizo que Adrián levantara la vista.
Valentina continuó acomodando los envases.
—La consulta es por la mañana. Estaré aquí antes del mediodía.
—Eso dijiste la última vez y llegaste agotada.
—Solo me sacaron sangre.
—Y después quisiste mover dos sacos de harina.
—No los moví.
—Porque te vi.
Valentina negó con la cabeza, aunque parecía divertida.
—El bebé y yo estamos perfectamente.
—El bebé mide menos que una semilla. No puede respaldar tu versión.
—Es hijo de Daniel, seguro ya está de mi lado.
La frase cayó sobre Adrián con una suavidad que la hizo más difícil de soportar.
Valentina había hablado sin bajar la voz, sin mirar alrededor y sin comprobar si él la escuchaba. No parecía una declaración preparada para convencerlo. Era parte de una conversación cotidiana con alguien de confianza.
También podía ser una actuación impecable.
Adrián recordó las hojas extendidas sobre el capó del automóvil, la firma falsificada y el nombre de Valentina unido al código de su muestra. Los documentos no mentían sobre el procedimiento, pero tampoco explicaban cuánto sabía ella. Podía haber aceptado el intercambio a cambio de dinero y aprendido de memoria una historia conmovedora. Incluso su conversación con Martina podía estar calculada. Sin embargo, nada en su forma de hablar parecía dirigido hacia él. Valentina no buscaba su reacción. Ni siquiera lo miraba mientras defendía que aquel hijo que supuestamente pertenecía a su esposo fallecido.
Adrián dejó el tenedor sobre el plato.
Martina reparó entonces en él y bajó la voz.
—Perdón. No sabía que había un cliente. No lo vi al entrar
—No te preocupes. —respondió Valentina
—¿Y ya le diste tarta de limón? —susurró
—Claro. —respondió con una risa baja
Martina lo miró de reojo y vió el plato casi vacío.
—Entonces volverá.
—Eso está por verse —dijo Adrián.
Valentina se apoyó en el mostrador.
—Se la terminó.
—Tenía hambre.
—Esa excusa hiere mi orgullo profesional.
Por primera vez, Adrián estuvo a punto de sonreír. Contuvo el gesto y dirigió la atención hacia la pared situada detrás de ella.
Entre dos estantes había varias fotografías. Algunas mostraban la inauguración de la pastelería; otras, tartas demasiado grandes, celebraciones y clientes. En el centro destacaba la imagen de un hombre pelirrojo junto a Valentina. Ambos estaban cubiertos de harina y sostenían un pastel ligeramente inclinado.
Adrián supuso de inmediato que ese era su esposo
—¿Su esposo también trabaja aquí? —preguntó, cuidando que la pregunta sonara casual.
La expresión de Valentina cambió apenas. La sonrisa no desapareció por completo, pero perdió parte de su ligereza.
—Trabajaba. Murió hace un año.
—Lo siento, no quise incomodarla.
—Descuide, no me incomoda, no tenía por qué saberlo.
Valentina volvió la mirada hacia la fotografía.

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