Había hecho tantas estrategias, aguantado humillaciones y estaba a nada de quitar por fin a Amelia del camino para convertirse en la siguiente señora Rowe. Pero si el Grupo Rowe terminaba en problemas, o de plano quebraba, ¿a poco todo su esfuerzo no iba a ser para nada, quedándose con las manos vacías?
La cara de Hannah se ponía más indignada con cada segundo. Se sentó junto a Ethan, alzando la voz para defenderlo:
—¡Se pasaron de la raya! ¡Ethan, de seguro se te subieron encima porque piensan que te dejas! No puedes dar el brazo a torcer, así como así. ¡Solo van a pensar que pueden hacer lo que quieran!
Cada palabra le daba justo en el orgullo más frágil de Ethan. Sí, ¿por qué se tenía que dejar? ¡Él era el afectado! Su esposa había sido la que le había fallado. Una chispa le volvió a encender en los ojos a Ethan mientras se volteaba hacia la única mujer que compartía su rabia.
—¿De verdad tienes un plan?
—¡Pues claro!
Hannah asintió sin dudarlo.
—Ethan, escúchame. Ahorita, la sartén por el mango la tiene Mason. Irnos a los golpes con ellos no nos va a traer nada bueno. Así que tú solo diles que te den un par de días para pensarlo. Diles que necesitas tiempo. Y luego, arma rápido una rueda de prensa.
Los ojos le brillaron con mucha malicia mientras le iba diciendo su plan paso a paso:
—En la rueda de prensa, le dices a todos que tu matrimonio con Amelia ya traía problemas. Luego, acusas a Amelia de ponerse de acuerdo con Mason; no solo tenían algo que ver desde antes, sino que ahora se aliaron para usar el Proyecto Litginia como un negocio sucio y obligarte a firmar el divorcio.
Su voz era suave, con mucha dulzura. La primera reacción de Ethan fue un escalofrío.
—¡De ninguna manera!
Las palabras le salieron casi en automático, asustado.
—¡Nunca me voy a divorciar de Amelia!

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