Lily carraspeó con incomodidad. El rubor le subió al rostro al responder:
—«Abandonar» suena muy feo. Esta noche quedas bajo la custodia de Mason.
Dicho esto, ambos subieron al carrito del complejo y partieron sin mirar atrás. A Amelia le tomó un par de segundos procesar el asunto: esa noche compartiría habitación con Mason. Al notar el gesto de reparo en sus facciones, Mason apretó los labios y comentó:
—Si prefieres, puedo pedir que abran otra habitación para ti.
Antes de que ella articulara palabra, un empleado detrás del mostrador intervino con cortesía:
—Lo lamento mucho, señor. Tenemos ocupación total por el momento.
Amelia lo sopesó unos instantes. Ya eran pareja de forma oficial y ella cargaba con un matrimonio a cuestas; no tenía sentido fingir una timidez exagerada.
—No pasa nada. Esta habitación está bien.
Apenas soltó la frase, sintió cómo el calor le trepaba por el cuello hasta encenderle las mejillas. Esquivó la mirada de Mason por puro reflejo. Para disimular el bochorno, dio media vuelta y avanzó apresurada, como si huyera de un peligro inminente.
—Yo... deberíamos acomodar las maletas de una vez.
Mason observó su marcha apresurada, incapaz de evitar que las comisuras de sus labios se curvaran hacia arriba. Tomó el equipaje de ella y la siguió a paso tranquilo. Había que reconocer que Tim poseía cierto talento para propiciar esas situaciones.
El carrito los dejó poco después frente a su cabaña. Las habitaciones de observación eran una hilera de cápsulas de cristal independientes con cúpulas futuristas. Se hallaban repartidas entre los árboles cubiertos de nieve a orillas del lago helado, semejando un escenario de ciencia ficción. En cuanto Amelia cruzó el umbral, quedó fascinada. El techo y el frente estaban formados por paneles curvos de cristal de grandes dimensiones.
El interior resultaba sobrio y acogedor: una cama amplia orientada hacia el ventanal con vista panorámica al lago, flanqueada por un pequeño sillón y una mesa de centro. Estar allí daba la ilusión de formar parte de aquel entorno blanco, pero bajo el resguardo de una temperatura agradable.
—¡Increíble! El clima está perfecto hoy. La noche estará tan limpia que podremos contemplar un mar de estrellas.
La fascinación por el paisaje disipó, al menos de momento, la incomodidad de compartir techo. Almorzaron tarde en un restaurante cercano al lago. El lugar rebosaba de gente y bullicio. Al mirar alrededor, Amelia notó que la mayoría eran parejas jóvenes, refugiadas en su propia intimidad.
Incluso distinguió a dos chicas en la mesa contigua; una de ellas lucía un velo blanco sencillo sobre el cabello y apuraba a su acompañante:
—Come más rápido. Hay que formarnos en cuanto terminemos. ¡Dicen que hoy está llenísimo!

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