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Un Matrimonio Sin Contacto, Una Despedida Sin Lágrimas romance Capítulo 349

Ante aquella súplica, una sonrisa profunda asomó en la mirada de Mason. Cediendo al tirón de su mano, se inclinó con lentitud, acercando el teléfono y el torso al mismo tiempo.

Al descender, bajó también el rostro, al punto de rozar casi las mejillas de ambos.

Amelia contemplaba la fotografía cuando la voz áspera y grave de él le acarició la oreja:

—¿Y qué prefieres que baje un poco más? ¿Mi mano... o algo diferente?

Pronunció aquellas últimas palabras en un susurro intencionado. Le provocaron un escalofrío que le bajó directo del oído al pecho, trayendo consigo una punzada de peligro inminente.

Amelia le sostuvo la mirada, con los ojos bien abiertos y firmes:

—Hay demasiada gente alrededor. No estarás pensando en hacer una locura, ¿verdad?

Creyó que la advertencia bastaría para contenerlo.

Mason se limitó a enarcar una ceja.

La recorrió con la vista, desde el ligero temblor de sus pestañas hasta sus labios apretados por la tensión.

—Sí —soltó con total tranquilidad—. Quiero besarte.

Algo estalló en la mente de Amelia.

¿Cómo podía soltar semejante barbaridad con tanta frescura?

Tomó una bocanada de aire y, por mero reflejo, le cubrió la boca con la palma de la mano.

—¡No! —susurró, sofocada por la vergüenza—. ¡No quiero que todo el mundo se nos quede viendo!

El calor de los labios de él se estampó contra su piel, suave e inconfundible; sentía cada línea de su contorno.

Mason no opuso resistencia. Se quedó inmóvil, permitiendo que lo retuviera de esa forma, con los ojos curvados en una sonrisa silenciosa a escasos centímetros.

A ella se le desbocó el pulso. Cuando hacía el ademán de apartar la mano, él entró en acción.

Alzó el brazo y tomó el borde de la amplia capucha de su chamarra negra de montaña.

Con un tirón suave, la tela cayó hacia adelante. La penumbra los cubrió al instante.

El interior de la capucha los envolvió a ambos en un refugio sombrío.

La claridad se apagó. El murmullo lejano del resto de los comensales se transformó en un zumbido remoto.

Lo único visible para Amelia era la línea perfecta de su mandíbula.

Antes de que pudiera reaccionar, él ladeó apenas la cabeza. Sus labios tibios esquivaron la mano que intentaba frenarlo y se estamparon con precisión sobre los de ella.

Su voz, teñida de una victoria sutil, se fundió contra su boca:

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