Mason se giró y vio que Amelia seguía clavada junto a la entrada, inmóvil como una alumna esperando un castigo. La observó durante unos instantes antes de señalar el sofá con la barbilla, con voz inexpresiva:
—Ve a sentarte allá.
Ella obedeció sin chistar; arrastró los pies y se acomodó con cautela en la orilla del cojín. El sillón se hundió a su costado cuando Mason tomó asiento a su lado, trayendo consigo su aroma habitual mezclado con el frío del exterior.
El corazón se le subió a la garganta. Sin atreverse a mirarlo, clavó los ojos en sus propios zapatos aguardando la sentencia: creía que le pediría explicaciones sobre por qué se le quedó viendo toda la tarde o qué tanto cuchicheaba con Lily. Pero sus palabras la tomaron por sorpresa:
—Abre la boca.
—¿Qué? —Amelia alzó la vista, confundida.
Bajo la luz tenue, el rostro apuesto de él estaba a escasa distancia, mostrando una seriedad que rara vez le había visto.
—Saca la lengua. Necesito revisarla.
El cuarto permanecía en silencio, con el siseo apagado del viento y la nieve rozando la ventana exterior. La lámpara sobre el sillón proyectaba un círculo dorado que los envolvía a ambos. En medio de esa penumbra, los ojos de Mason lucían oscuros e insondables, como si pudieran leerle los pensamientos.
A ella volvieron a encendérsele las mejillas: la petición resultaba demasiado íntima y vergonzosa. Sacar la lengua a esa distancia y bajo su mirada fija hacía que se le encogieran los dedos de los pies de pura pena. Pero él se mantenía impávido y profesional, como si fuera lo más natural del mundo; dudar solo la hacía parecer culpable.
Bajó los ojos intentando rehuir la intensidad de su mirada.
—Date prisa —apuró él con un hilo de voz más grave, mostrando poca paciencia.
Sometida por el peso de su insistencia, Amelia terminó por ceder: cerró los ojos un instante, entreabrió los labios y asomó con timidez la punta de la lengua. Era rosada y suave, brillando apenas húmeda bajo la bombilla. Justo en el extremo destacaba una pequeña mancha roja a causa de la quemadura, semejante a una diminuta semilla de fresa; lucía dolorosa y extrañamente atractiva.

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