La pequeña prueba había funcionado a la perfección. Al comprobarlo, todas sus defensas cayeron de golpe.
Pero al mismo tiempo, Amelia ya no tenía intenciones de apartarlo; se fue relajando poco a poco, pasó los brazos con debilidad alrededor de su cuello y le correspondió con torpeza a sus besos intensos y posesivos. Si esta noche terminaba entregándose a Mason, sabía de sobra que no opondría resistencia. Cerró los ojos y se dejó arrastrar por la corriente.
Sin embargo, justo cuando la situación parecía inevitable, Mason frenó de nuevo. Se detuvo en seco, apelando a un autocontrol de hierro para arrancarse de la fogosidad que casi lo hacía perder la cabeza.
Con la respiración entrecortada, se apartó de ella, caminó directo a la mesita, tomó un hielo con los dedos y se lo metió a la boca sin titubear. El frío se le extendió por la lengua; echó la cabeza hacia atrás tragando saliva con fuerza para enfriarse de golpe.
La estancia quedó en un silencio sepulcral. Amelia permanecía tendida en el sofá, con la piel ardiendo y el corazón desbocado, mirando al techo con total desconcierto.
¿Por qué se detenía otra vez cuando estaban a un paso de todo? ¿Acaso había hecho algo mal, o él simplemente decidió que no la deseaba? Las dudas colisionaron en su cabeza hasta transformarse en una humillación aplastante: se le había arrojado a los brazos dejando de lado su orgullo, solo para ser rechazada.
La vergüenza le caló tan hondo que le ardió la nariz y las lágrimas le rodaron por las mejillas. Se giró sobre un costado y escondió el rostro en el cojín, soltando sollozos ahogados entre sus brazos.
Mason apenas recobraba la calma cuando al darse la vuelta la vio hecha un ovillo, con los hombros estremeciéndose por el llanto. El sonido de su lamento lo dejó helado; frunció el ceño de inmediato asumiendo que la había asustado por haberse mostrado demasiado impetuoso. Se acercó, tomó asiento a su lado y le habló con suavidad:
—Perdóname. Me sobrepasé hace un momento... Te asusté. La próxima vez prometo pedirte permiso primero.
Lejos de calmarla, la disculpa abrió la compuerta: Amelia se cubrió la cara y lloró con más fuerza. Mason se desconcertó por completo; incapaz de entender lo que pasaba, la obligó a incorporarse y le apartó las manos con firmeza, pero sin lastimarla.
El rostro bañado en llanto quedó expuesto bajo la lámpara: ojos hinchados, nariz enrojecida y un semblante de absoluto desconsuelo.
—Tú empezaste todo esto. Perder el control no fue solo culpa mía, tú tuviste la mitad de la responsabilidad. ¿Por qué lloras ahora?

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