Mason descansaba apoyado contra el marco de la entrada con una soltura que desbordaba magnetismo. Al verle esa media sonrisa burlona en los labios, a Amelia le vino a la memoria la exhibida de la mañana y la vergüenza regresó de golpe.
Puso cara de pocos amigos para cerrarle el paso y le soltó con fastidio:
—¿Qué haces aquí? ¿Se te ofrece algo? Te advertí claramente que hoy no pensaba poner un pie en tu cuarto.
El mensaje era contundente: ya te puedes ir yendo. Pero él empujó la madera despacio para abrirse espacio, bajó la vista y sus ojos oscuros brillaron bajo la luz del pasillo:
—Dijiste que tú no vendrías a buscarme, pero jamás prohibiste que fuera yo quien viniera a verte.
En otra ocasión le habría respondido al instante con una réplica afilada, pero las punzadas en el vientre le quitaban las ganas de pelear:
—Pues te pido que te regreses a tu recámara. De verdad no traigo ánimos para lidiar contigo hoy.
Alzó el rostro y Mason advirtió de inmediato la palidez en sus facciones y la falta de brillo en su mirada; la vitalidad de la tarde se había esfumado por completo. La sonrisa se le borró de los labios y su tono se suavizó:
—¿Qué te pasa? Te ves fatal. ¿Te sientes mal?
Dio un paso hacia el interior bloqueándole el paso y estiró la mano para tocarle la frente, pero ella esquivó el contacto por pudor:
—No preguntes...

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