Ethan había echado a Hannah, pero seguía sin poder traer de vuelta a Amelia. No toleraba el menor rastro de aquella mujer en la casa, pero le resultaba todavía más insoportable toparse a cada paso con los recordatorios de cómo había descuidado y lastimado a su exesposa. Con la culpa carcomiéndole el pecho, cerró los ojos y llamó al mayordomo:
—Trae gente de inmediato. Cambien absolutamente todo lo que hay en esta casa: muebles, cortinas, alfombras... no quiero ver nada de esto aquí.
Colgó y se recargó en el sillón respirando con dificultad, como si renovarlo todo pudiera darle un segundo de paz a su conciencia atormentada.
Ajena por completo a lo que ocurría en aquella mansión, para Amelia el mundo parecía haberse serenado. Desde su último desencuentro frente al edificio corporativo, Ethan no había vuelto a importunarla en varios días. El ritmo en Grupo Stardale era demandante, pero le brindaba una satisfacción profesional que jamás experimentó en el pasado; se entregó de lleno a sus labores y asumió la dirección de varios proyectos importantes.
Uno de ellos involucraba a un cliente sumamente difícil al que el equipo anterior no lograba convencer. Tim le confió el expediente como una prueba de fuego y, aunque usó sus contactos para conseguirle una junta directa con los directivos, fue la propuesta visual e innovadora de Amelia lo que cerró el trato de inmediato. Tim estaba fascinado y no tardó en soltar la noticia frente a todos:
—Hoy invito yo: cena de toda la empresa para celebrar que cerramos un proyecto monumental y para darle la bienvenida oficial a la directora Harlow. —Tras dar los detalles del lugar, se acercó a Amelia y remató con un guiño cómplice—: Por cierto, la cena de gala permite acompañante.
La mente de Amelia voló de inmediato hacia Mason; la sola idea de presentarse con él a un evento corporativo le disparó el pulso. Tomó el teléfono indecisa, incapaz de teclear la invitación: le aterraba imaginar la conmoción de sus compañeros si descubrían que su pareja era el intocable jefe en las sombras de la compañía.
Mientras dudaba con la mirada fija en la pantalla, la llamada de él entró de golpe. Amelia dio un brinco en su silla y contestó con el nerviosismo a flor de piel:
—Hola.
—¿Estás muy ocupada? —La voz magnética y cálida de Mason acarició su oído.
—No, para nada. ¿Ya te desocupaste?
—Sí, acabo de salir de una junta. ¿A qué hora sales para pasar por ti?
Amelia se mordió el labio y prefirió esquivar el tema:

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