—Ajá. —Amelia asintió con fuerza. Luego se giró y escondió el rostro en su pecho.
En ese momento, las palabras no importaban. Aquel abrazo silencioso lo decía todo.
Después de mucho tiempo, sus emociones se fueron calmando.
Mason bajó la mirada, sacó una tarjeta de acceso nueva del bolsillo y la depositó con suavidad en su mano.
—A partir de ahora —dijo con una sonrisa suave, la voz clara y firme—, esta casa por fin tiene dueña.
De vuelta en la sala, su partida no hizo nada por aliviar la tensión.
El rostro de Wilda estaba oscurecido por la rabia. Sus ojos ardían de furia.
—¡Esto es indignante! ¡Absolutamente indignante! —espetó sin parar—. ¡Se fueron caminando frente a mí! ¡Ahora todos se han vuelto muy valientes! ¡Todos ustedes!
Su mirada se desvió hacia Nora, llena de reproches, como si todo fuera culpa de ella.
—¡Y tú! ¡Mira nada más al hijo que criaste! ¡Ni siquiera escucha a su propia abuela por una mujer cualquiera!
Mientras más hablaba, más afilada se volvía su voz, como si quisiera vaciar toda su rabia de una vez.
—¡Se los advierto! ¡Mientras esté viva, no aceptaré a Amelia en esta familia! ¡Aunque muera, jamás la aceptaré! ¡Una divorciada y huerfanita como ella solo trae mala suerte! ¡Quién sabe qué trucos usó para tener a Mason comiendo de su mano!
—¡Wilda!
Nora por fin estalló y la interrumpió.
Su voz no era tan aguda como la de Wilda, pero llevaba una rabia profunda y firme, como la de alguien cuyo límite había sido cruzado.
—¿Ya terminaste? Soy la madre de Mason. Conozco a mi hijo mejor que nadie. Y Amelia me agrada. Yo aprobé su relación. Así que, por favor, deja de tratarla con tantos prejuicios.
Sus palabras golpearon con fuerza. Se mantuvo allí como un escudo, protegiendo a su hijo y protegiendo a Amelia.
Sabía cuánto había sufrido Amelia durante todos esos años. Ahora que Amelia y Mason por fin habían logrado estar juntos, no permitiría que nadie volviera a lastimarla. Ni siquiera su propia suegra.

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