Capítulo 6 —El nido del monstruo
Narrador:
El coche deportivo de Enrico Conti devoraba las calles nocturnas de Roma. Él mismo iba al volante, conduciendo con una calma que contrastaba con el caos que acababan de dejar atrás en el almacén. En el asfixiante silencio del habitáculo, Alessia sentía que la tensión se podía cortar con un cuchillo.
Ella mantenía la mirada fija en la ventanilla. Su respiración ya se había normalizado, pero su cuerpo seguía vibrando por la descarga de adrenalina. El vestido verde esmeralda, ahora rasgado y manchado, se sentía como una burla fría sobre su piel.
De repente, al notar cómo un escalofrío hacía temblar a Alessia, Enrico frunció el ceño. Sin decir una sola palabra, orilló el potente coche en una calle solitaria y apagó el motor. Alessia lo miró, confundida y alerta, pero él simplemente se bajó del vehículo. Rodeó el capó a paso firme, abrió la puerta del copiloto y, con un movimiento fluido que no admitía réplica, se quitó su propia chaqueta de esmoquin y se la colocó sobre los hombros. La prenda inmensa, aún cálida por el calor de su cuerpo y pesada por su perfume, un inconfundible y sofisticado Bleu de Chanel, la envolvió por completo.
Enrico volvió al asiento del conductor y reanudó la marcha sin dar explicaciones. Minutos después, el vehículo se detuvo en el estacionamiento subterráneo de la torre residencial más exclusiva de toda Roma. Un rascacielos de cristal y acero donde solo el verdadero poder podía comprar un espacio.
Alessia frunció el ceño al mirar a su alrededor.
—Este no es mi departamento, Enrico. Llévame a mi casa. Necesito una ducha con urgencia y quitarme este vestido y el olor a pólvora de encima.
—Solo tengo que recoger algo rápido aquí arriba —respondió él con voz tranquila, apagando el motor—. No tardaremos.
Él bajó del coche y le abrió la puerta a Alessia. Le tendió la mano con una caballerosidad que contrastaba brutalmente con la fría pistola que empuñaba hacía apenas media hora. Alessia dudó un segundo antes de apoyar la suya. Al hacerlo, sus ojos se detuvieron específicamente en sus largos dedos, notando la evidente ausencia de un anillo de bodas en su mano izquierda. El descubrimiento la hizo sonreír apenas, con un rastro de alivio y picardía. El contacto eléctrico de sus pieles hizo que ambos tensaran las mandíbulas.
—Te espero aquí —dijo Alessia, intentando soltar su mano.
Enrico dejó escapar una pequeña risa seca y apretó el agarre con suavidad pero con firmeza.
—Ni lo sueñes. Acaban de secuestrarte unos profesionales, Alessia. No te voy a dejar sola en un auto en un estacionamiento subterráneo. Subes conmigo.
Alessia rodó los ojos, pero no opuso resistencia mientras él la guiaba hacia el ascensor privado de alta velocidad. Ninguno habló mientras los números de los pisos ascendían rápidamente. Las puertas se abrieron directamente en el recibidor del penthouse, que ocupaba todo el último piso de la torre.
Alessia dio un paso al frente y no pudo evitar soltar una pequeña exclamación ahogada de asombro. El lugar era un monumento al minimalismo de lujo, con suelos de mármol negro pulido y una pared completa de cristal de piso a techo que ofrecía una vista apabullante de las luces de la Ciudad Eterna.
Alessia se giró lentamente hacia él, cruzándose de brazos con la chaqueta de Enrico aún sobre sus hombros.
—Me mentiste —le recriminó con voz pausada y calculadora, sin levantar el tono—. No venías a recoger nada. Me trajiste aquí a la fuerza.
—Sabía que no accederías a venir con facilidad si te lo pedía —confesó él sin una pizca de arrepentimiento, desabrochando los primeros botones de la camisa blanca y aflojándose la pajarita—. No es seguro que vuelvas a tu departamento esta noche. Te quedarás aquí.


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